13 feb. 2011

El tren (relato)

EL TREN
©Pepa fraile
Año 2004

Aquella mañana de primavera mi madre debió levantarse escuchando de fondo el ruido de las golondrinas que, como cada año, empezaban a hacer sus nidos en el tragaluz de la escalera. Recuerdo aquel tiempo del año, el olor de aquella brisa suave que acompañaba a cerrar los ojos, respirar hondo mirando hacia el sol y inhalar los primeros olores del azahar.
"Las niñas", como se solía llamar a mis hermanas, todavía estaban dormidas, a excepción de Lucía, la pequeña, que intentaba deshacerse de las sábanas y salir de la cuna intuyendo que ya era de día y por tanto había llegado el momento del biberón. Dormíamos todas en la misma habitación. Me viene a la memoria aquel camastro en el que pasamos tantos años de nuestra infancia y en el que había que ponerse unas hacia arriba y otras hacia abajo para aprovechar bien el espacio. El colchón estaba relleno de paja y restos de trapo, salían bultos por todas partes y hasta picaba un poco en los meses de verano.
Mi hermana Adela, la mayor, se levantó de un respingo a preparar el biberón de Lucia. El agua ya estaba puesta, le añadió unos cacitos de leche en polvo, yo creo que a ojo. Lo agitó tan deprisa que salió despedido por la puerta, rodó hacia la baranda y cayó por el hueco de la escalera. Mi hermana y yo mirábamos descompuestas su trayectoria como si quisiéramos, con la fuerza de nuestros ojos, pararlo en seco, pero cayó. Suerte que no se rompió porque ya le había pasado en otra ocasión y mi madre le había dado una paliza de mil demonios. En casa éramos muy pobres y hasta que se pudo comprar otro pasaron muchas semanas. Mientras tanto, Lucía tomaba su leche en un vaso y a pequeños sorbos. Recuerdo que comía muy poco y aquella operación parecía interminable. Siempre acababa alguna de nosotras de darle los últimos lengüetazos al vaso, paladeando aquel resto de leche que nos parecía exquisita.
A mí me acababan de proponer irme a trabajar con una familia muy rica del pueblo que querían ir a pasar toda la primavera y parte del verano en un caserío de la capital, pero yo no quería dejar ni mi casa ni los míos. Prefería pasar un poco más de hambre. Ya había experimentado lo que era estar una noche fuera de casa y la idea de repetir la experiencia me ponía los pelos de punta. En el fondo, lo peor era dejar de ver a mi padre y a mi madre, porque en lo que se refería a tener el estómago lleno nada era comparable a estar sirviendo. Cuando servíamos siempre nos engordábamos.
Pensando en aquella oferta que acababa de rechazar y con los ojos pegados de sueño todavía, me dirigí a la habitación de matrimonio, cuando de pronto vi que sólo había un bulto debajo de las sábanas de la cama.
- Padre, Lucía está llorando porque quiere su biberón de la mañana y Adela se lo ha preparado. Pero, ¿dónde está madre?
- Se fue esta mañana temprano. Le han ofrecido trabajo por unos días en Cartagena y ha pensado que no nos irían mal esas perrillas.
- Pero, ¿Cartagena? ¿dónde está Cartagena? ¿acaso se ha ido andando? ¿se ha llevado la maleta con alguna de su ropa? ¿ha dejado dicha alguna dirección? ¡qué hacemos ahora, padre!
- ¡No lo sé niña! Ya sabes que tu madre gana un dinero que buena falta nos hace en casa. Yo estoy viejo y no puedo hacer carrera de ella, ni de vosotras tampoco.
Por un momento se quedó callado, sentado todavía en la cama y mirando hacia el suelo.
- Yo tan mayor, ella tan joven y vosotras tan pequeñas... anda, no te preocupes.
Yo no acababa de entender tanta reflexión y aquel gesto de su cabeza yendo de derecha a izquierda como queriendo decir que no. Que no a qué? Pensaba yo.
- Pero... ¿cómo sabremos los días que estará fuera? ¿se ha parado usted a pensar que no sabemos dónde avisarla si pasa alguna cosa?
- ¿No te he dicho, puñetera niña, que sólo se ha ido por unos días? Anda y déjame que voy a vestirme y ahora bajo.
Recuerdo aquel día como si fuera hoy mismo. Es más, mejor que si fuera hoy mismo porque ahora, con el paso de los años, he podido entender el vacío, la necesidad que hemos tenido todas, sin saberlo, sin hablarlo entre nosotras, de mi madre.
Siempre tan alegre, tan responsable para su trabajo y tan irreverente con su propio destino, que la obligó a trabajar desde niña todo el día sin importarle, cuando llegaba a casa, si habíamos comido o no, pero que la mantenía viva por encima de todo, y de todos.
Ahí estaba, manejando la situación cuando llegaba y dejando una casa deshecha cuando salía dando un portazo. Arrasadora.

Pasaron aquellos días de los que habló padre y madre no regresaba.
En casa las cosas iban de mal en peor. En los armarios no había comida, la ropa se lavaba de cualquier manera porque todas éramos pequeñas y teníamos poca traza.
Padre llegaba cabizbajo todos los días del molino, sin atreverse a mirarnos de frente ni a comentar nada con nosotras acerca de lo ocurrido. Nunca fue un hombre muy expresivo y, por supuesto, nunca llegó a tener con ninguna de nosotras ninguna conversación más allá de las cosas superficiales. Éramos niñas y además mujeres. Pero la manera en que arrastraba sus pies y encorvaba la espalda delataban que seguía sin tener noticias de ella.
Nadie en el pueblo sabia que madre se había ido, a excepción de Ana, la modista, que lo supo por boca de mi hermana Adela, que iba algunos ratos por las tardes a su casa para ayudarla a cortar prendas de encargo.
De ese modo, gracias a la poca discreción que mantuvo la modista, se empezó a correr la voz de que Maria Luisa se había ido de casa.

Habían pasado ya varias semanas y madre no daba señales de vida. La cocina, el patio, las habitaciones, todo parecía abandonado. Cada una de nosotras hacia lo que intuitivamente se nos ocurría, sin que nadie dirigiera nuestras vidas. Padre se fiaba de nosotras, o eso o que no se veía capaz de lidiar con tanta niña suelta por la casa.
Fue entonces, ante tanto desorden y desconcierto, cuando decidí, a mis ocho años, que iría yo misma a buscarla.
Habíamos recogido los platos sucios y los habíamos apilado en la fregadera. Lucía dormía y Adela no tenía que ir hasta más tarde a casa de la modista.
No sabía por dónde empezar pero me puse el vestido que Adela me había hecho para la feria y me dirigí a la estación del tren. La verdad es que no estaba muy lejos del pueblo, quizá a una hora escasa andando, y, aunque había pasado junto a las vías en alguna ocasión en que había intentado trabajar unos jornales en la fábrica de harina, diciéndole al encargado que ya tenia doce años, nunca había sentido la necesidad de acercarme tanto como en aquel momento.
No sé, quizás por miedo a que, entre la multitud, me viera arrastrada y obligada a entrar en algún vagón y emprendiera un viaje sin retorno. Sabia que no me gustaba viajar, a pesar de no haberlo hecho nunca. Las historias que a veces se escuchaban en el pueblo acerca de "aquellos" hombres de negro que chupaban la sangre y que, según algunos vecinos, llegaban en el tren donde les esperaba un coche negro, como sus trajes, y desaparecían en busca de personas que encontraban solitarias por los caminos, me daban escalofríos.
Pero aquel día me armé de valor e, incluso con el peligro de encontrarme con aquellos hombres, me dirigí a buscar a mi madre.
El viaje fue duro, me temblaban desde las piernas hasta las mandíbulas, no estaba segura de la hora de llegada del tren y mientras caminaba recordaba que habían hablado de las cinco y media, era algo pronto, más bien no sabia qué hora era y cuando me vine a dar cuenta allí estaba yo, en medio de una estación en la que no se veía a nadie, en la que no me arrastraba ninguna multitud, como yo había imaginado siempre, y en la que apenas se distinguían unas letras de palo que colgaban de unas cadenas algo oxidadas. Aquel cartel decía "Estación de S.n B.o..." pero sólo lo creo porque a pesar de haberme subido en el banco que había justo debajo y haber empinado el cuello todo lo que daba de sí, la pintura había saltado de una buena parte de las letras y nadie se había preocupado de volverlas a pintar.
Eso sí, me asomé a las vía y los raíles estaban limpios y brillantes. Allí vi a un muchacho que llevaba un pequeño saco en el que iba metiendo los restos de palitos que podían entorpecer el paso del tren.
Estuve a punto de gritarle que se quitara de en medio porque a mí me tenían dicho que el tren "chupaba" a la gente. Pero aquel muchacho debía tener mucha práctica porque cuando me vine a dar cuenta ya había saltado al andén y se dirigía, silbando y con cara de contento, con su saco a las espaldas, a la salida de la estación.
Justo en ese momento escuché en la lejanía un silbato que parecía acercarse por momentos hacia mí. El guarda salió de una caseta situada detrás del cartel que yo había intentado leer con tanta dificultad y sacó de debajo del brazo una banderita de color rojo que se dispuso a agitar ante la llegada inminente del tren. No supe lo que querían decir aquellos gestos, pero no le quitaba ojo de encima.
Al ver el tren sentí escalofríos por todo mi cuerpo. Empezó a bajar gente que miraba hacia un lado y hacia otro, en busca de caras conocidas. No dejaba de pensar en el gesto de sorpresa y de alegría al mismo tiempo que iba a poner mi madre cuando me viera allí, plantada en la estación.
Pensaba primero en abrazarla con todas mis fuerzas y luego ayudarla, si es que llevaba bultos, y después explicarle todas las penurias que habíamos estado pasando en casa, y que ella me contara por qué no nos había avisado que se marchaba con aquellos señores y cómo era que no había dejado ninguna dirección ni referencia por si queríamos saber de ella y de qué manera el vecindario había empezado a hablar bajito cuando padre o una de nosotras pasábamos cerca de alguna de aquellas urracas y, finalmente cuánto se habían equivocado todos.
Pero mis ojos se hacían cada vez más grandes, más redondos, más abiertos en busca de reconocer en alguna de aquellas caras que veía bajar del tren la de mi madre. Y ese momento no llegó.
Mi madre no estaba allí, no había llegado en aquel tren que tan bonito me pareció cuando lo vi por primera vez, parado, esperando que todos los pasajeros tomaran su equipaje para emprender de nuevo la marcha.
Me quedé inmóvil, petrificada viendo que se alejaba, tan cruel. Fue uno de los peores días de mi vida de niña.
Temblando, ya no recuerdo si de frío o de pena, me acerqué al guarda y le pregunté cuándo venia el próximo tren.
- Uno cada día, a la misma hora. Pero niña, ¿quién se te ha perdido a ti por aquí? Anda y vete a casa que empieza a hacer frío y tu madre te va a reñir.
Me lo quedé mirando, con los mismos ojos redondos y bien abiertos con los que había escudriñado a todos los que se habían bajado del tren y, de pronto, se me borró la imagen de aquel hombre. Al mismo tiempo que eché a llorar eché a correr, en dirección a mi casa, como las balas, eso sí, sabiendo que mi madre no podría reñirme porque no había llegado en aquel tren.
Así pasaron muchos días. Yo me acercaba a la estación, veía salir al guarda dando la señas de parada, percibiendo la alegría, la indiferencia, la prisa y la parsimonia de cada uno de los que subían o bajaban de los vagones y decepcionándome un poco más cada día que transcurría y ella no llegaba. Al mismo tiempo observaba con mucha curiosidad a aquel muchacho que limpiaba las vías, y que ya se había dado cuenta que tenia una espectadora. En una ocasión, cuando saltó al andén y me quise dar cuenta lo tenia en la espalda, mirándome con una medio sonrisa que me provocó un calor espantoso en la cara. Me giré tan deprisa como pude y clavé los ojos en el suelo como si me hubieran puesto un imán en el cogote.

No le había dicho nada a padre acerca de mis excursiones diarias. Lo cierto es que yo ya no podía más y un día en el que me pudo más la rabia que la tristeza, di un golpe seco en la mesa y dije:
- ¡A ver si será verdad lo que se oye por todo el vecindario!
- ¿Y qué es lo que se oye, puñetera niña?
- Pues que madre nos ha dejado. Que nos ha abandonado y que vaya Dios a saber si piensa volver. No se da usted cuenta, padre, que así no podemos estar mucho más tiempo?
- Habladurías. Ella volverá porque esta es su casa.
- No lo sé padre, pero yo quiero que vuelva ya, usted apenas puede trabajar, Adela se va cada día a coser y no trae dinero a casa, yo estoy al cuidado de la casa, de usted y de Lucía, que por si no se acuerda lleva tres días con fiebre y ya no sé cómo bajársela. No tenemos mucha comida, como no sea que nos vayamos al campo y empecemos a comernos la fruta aunque sea verde, y tampoco tenemos dinero para pagarle a Don Luis para que vuelva a visitar a Lucía.
- ¿La última vez le pagamos la visita?
- No padre, le dijimos que estábamos esperando la llegada de madre de un momento a otro y que en cuanto viniera, le iríamos a pagar la visita y el jarabe. Pero de eso hace ya casi dos meses ¡y madre sin aparecer!

Mi padre siempre confió en mi madre. No entiendo muy bien por qué pero sus ojos, algo tristes siempre y cansados desde que yo le había conocido, asentían cada vez que a ella se le venia a la cabeza alguna ocurrencia. Me imagino que la edad era el principal motivo. Nunca entendí como un hombre tan serio, tan culto y tan discreto se había casado con una mujer mucho más joven que él, casi analfabeta y a la que le preocupaban mucho más las ferias, los farolillos y los festejos que su propia familia.
- Quien quiera venir a preparar las diademas de flores para las muchachas de la feria que se vista que yo me voy.
- Pero madre, ¿no ve usted que está la comida al fuego, que padre está por llegar y que hay que asear a Lucía?
- Venga niña, que todo se andará. Volveré en cuando pueda.
Y así nos dejaba mi madre, la mitad de las veces, con la palabra en la boca y la puerta en las narices. Pero había que aceptarla tal y como era. No quedaba otro remedio y si padre lo consentía nosotras no íbamos a ser menos. Eso sí, un abrazo y un beso entre los ires y venires, que hasta levantaban el polvo de los azulejos del suelo al paso de aquellos zapatos viejos pero relucientes, no hubieran estado mal para calmar el ansia que teníamos todas de madre. Pero madre era distinta.
A pesar de eso, en aquellas semanas que faltaba de casa era tanta la falta de su presencia que su recuerdo, hablar de ella, pensar en ella se hacía más dulce, más atento, más generoso, más de todo.
Las golondrinas ya casi se disponían a emigrar nuevamente con sus polluelos, algunas frutas empezaban a madurar, yo seguía visitando la estación diariamente a pesar de que mis ojos ya no escudriñaban a los pasajeros con la misma curiosidad. A pesar de eso, no dejaba de pensar en el vuelco que me daría el corazón si de pronto, en uno de aquellas ventanas, apareciera mi madre con su cara fija en mí, sus ojos redonditos, su boca grande... pero nunca ocurría nada.
Como cada tarde, volví a casa, pensando cómo esquivar a aquellas vecinas que no por haber pasado más tiempo habían dejado de cuchichear a nuestro paso, y cómo le diría a padre que se me había hecho tarde. Qué podía explicar esta vez, que Ana me había tomado por modelo y me había estado probando el traje para el Rocío Chico de Agosto. Claro, que todavía faltaban más de dos meses para la romería y padre no se lo iba a creer.
Enfrascada en la búsqueda de una buena excusa torcí por la calle de la Salud y, muy leves, pero cada vez más cercanos, escuché una especie de gritos, gemidos, risas y llantos que parecían provenir de alguna casa cercana a la mía.
Me paré en seco, me llegó un escalofrío que me recorrió desde el último pelo de la cabeza hasta la punta de los pies. Cuando pude reaccionar y me froté los brazos en busca de un poco de consuelo, que habían quedado completamente erizados, puse toda mi capacidad auditiva en oír de dónde exactamente venia tanto jaleo cuando, de pronto, se rompió el silencio con una carcajada que me resultaba del todo familiar.
Seguí caminando, llegué al portal, la puerta de casa estaba entreabierta, empujé el portón y allí estaba ella, más sonriente, más gorda y con su risa inconfundible, ajena a tanta miseria como había dejado a sus espaldas el día que había cruzado la puerta en dirección a Cartagena.
¡Era mi madre!, Eran mis hermanas las que lloraban, era padre, que como en un arrebato de valentía estaba preguntándole dónde se había metido tanto tiempo.
Todas estaban abrazadas a ella y yo corrí también a sumarme al abrazo colectivo.
Entre sollozos, risas, apretujones supimos que había tardado más de lo previsto porque los señores, que parecían tan ricos, eran más miserables que las ratas y no le querían pagar. Ella les dijo que o le pagaban el mes acordado o de allí no se movía .
Y consiguió cobrar el mes acordado, pero a cambio de dos meses y medio de ausencia. Le pregunté por qué no había vuelto en tren, como era de esperar. Nos contó que unos parientes de la familia de los Valdemoro la habían traído hasta el pueblo, a cambio de estar casi todo el tiempo cantándoles y alegrándoles el camino. Y lo explicaba así, tan natural, como si nada, ni ningún tiempo hubiese transcurrido desde que decidió irse a trabajar. A nosotras no se nos caían las babas de milagro porque ninguna podíamos creer que mi madre ya estaba en casa.
Eran tiempos difíciles. Era mi madre. La queríamos a nuestra manera y por fin había vuelto con nosotros.
Ese fue uno de los días más felices de mi vida de niña, aunque no recibiera de ella los besos y abrazos que me había estado imaginando día tras día, durante el tiempo que faltó de casa.
Nunca nadie supo que me había pasado más de un mes yendo y viniendo a diario a la estación, que Jaime, el guarda, con el que ya me había familiarizado, me veía llegar, observaba mis gestos y desaparecía discretamente tras ver mi cara de frustración.
En casa todo siguió igual, aunque yo me había hecho más valiente y le temiera menos a los hombres que chupaban la sangre. Nunca me había cruzado con ninguno de ellos. Nunca volví a aquella estación a ver llegar el tren.

Hace tiempo encontré...

Me he presentado a un concurso de microrrelatos y ahí os dejo lo que se me ocurrió. Todos empiezan de la misma forma. Así que animaros y votar por el mio que se titula El libro olvidado.
"Hace tiempo encontré el libro olvidado que dormía cubierto de polvo en la estantería que tantas veces miré sin ver. Cayó sobre mis manos y apareció la historia que siempre quise contar. PepaFraile

4 feb. 2011

El silencio de los que hablan

Es una entrada que publiqué hace tiempo y que he querido recordar.
Vivir en el silencio
Cuántas personas, de las que cada día nos cruzamos, viven, sonríen, trabajan, pasean, y hasta hablan...en silencio. Y no hablo de un silencio callado. hablo del silencio que se oye, del silencio que traspasa. Hablo del silencio que se siente.
Seguro que muchas de esas personas parecen, vamos a decir, normales. Seguro que muchas de esas personas se relacionan, muestran su cara más alegre, superan sus limitaciones, o al menos eso creen, y prosperan, se sienten vivas...o muertas en pequeños instantes en los que un impulso eléctrico de su cerebro les permite borrar de su cabeza todo lo que no quieren recordar. Personas que hablan y hablan, pero callan sin parar.
Callan...y pintan una y otra vez algunos episodios de sus vidas con pequeñas capas de barniz, que les ayuda a resbalar cuando se tragan las lágrimas. Callan y ahogan sus gritos de tristeza, de desesperación, mientras esconden su lado oscuro y lo reservan...
Mienten, sonrien y disimulan el dolor que les produce que los demás no las entiendan.
El silencio se convierte en su mejor aliado...y en su peor enemigo. Y viven como todo el mundo, ahí, mirando por sus ventanas, leyendo el libro de moda, tomando café, comprando, comiendo palomitas mientras ven una película en el cine...
Y sin querer de pronto un día se dan cuenta de que alguien ha oido su silencio, ha sentido su dolor...las miran y les sonríen.

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