10 sept. 2013

CONVIVIR CON EL DAÑO

Llevo un rato pensando cómo titular esta entrada. Y el caso es que lo de inventar titulares no se me da mal. Quizás sea porque además de haber estudiado periodismo, algo circunstancial que me ayuda en ocasiones, lo ejercito muy a menudo, mental y prácticamente. "Volar y hundirse" "El cielo y el infierno"...son algunas de las que han pasado por aquí. 
Me apetece compartir con vosotros algunas reflexiones que llevan rondando en mi cabeza estos últimos días en los que una pequeña depresión post-vacacional está intentando llevarse mis ganas y dejarme sin ellas. Pero la tengo controlada. Ya le he puesto las bridas que la sujetan. Y tomo consciencia de ello cuando, casi a diario, te enfrentas a titulares, noticias y casos de demasiadas personas, de carne y hueso, que no tienen dónde mirar cuando observan a ciegas una nevera vacía, para las que convivir con el daño permanentemente se hace una realidad y una carrera de subsistencia contrarreloj. Yo también convivo con el mío, no os creáis, pero lo adorno. Son daños colaterales a los que les pongo un lazo, les cuento una milonga y los mando de paseo a la que se descuidan. No hay de otra. O tú, o ellos, aunque no siempre quieren irse y te obligan a pagar peaje.
Pienso cuánto daño se oculta bajo una apariencia de normalidad. Cuántos sueños rotos, cuántos proyectos mojados bajo las aguas de una tromba incontrolada, cuántas personas ahogando sus lágrimas en un pasado que ya no volverá...
La vida vivida con ganas genera alegrías, satisfacción, entrega, solidaridad, energías, propósitos...pero también daño. Un daño que llega muchas veces silencioso y se instala sin permiso. Un daño que adelgaza hasta convertirse en una cuerda floja por la que que muchos seres humanos se ven obligados a caminar  tambaleándose sin mirar abajo soportando  mochilas que crecen cada minuto que cuenta el reloj. 
Y es una mierda, así de claro. 
Un daño que perfora la voluntad, la esperanza y las sonrisas de muchos que injustamente se ven cayendo a la deriva por  un tubo negro sin saber dónde llegaran. Una espiral que no discrimina edades, sexo y condición.
Y a pesar de eso, me quito el sombrero una y otra vez antes todas aquellas personas que, junto a una vida y unas circunstancias envueltas en el daño más crudo y sin aderezos son capaces de luchar y abrir una brecha de optimismo y apostar por un futuro dibujado en sus cabezas. Por sus sonrisas, por el día de mañana, por sus hijos, por la esperanza, por ellos, por el daño que quieren olvidar a pesar de los pesares..... ...¡Chapó! Ellos son los imprescindibles.

PepaFraile 2013

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