18 sept. 2011

Recuerdos

Me quedé con ella aunque cuando la vi por primera vez pensé que era la más fea, pero se había acercado a mí, despacito, oliendo y mordiendo torpemente los cordones de mis zapatos. Y no pude resistirme. Una bolita, peluda, de pelo negro, que corría por la casa resbalándose en cada esquina, mirándote con unos ojos redondos, del color de las avellanas, que querían decirte algo que no lograba entender mientras su rabito trataba de darte alguna pista. Apenas sin dientes, mordisqueaba la comida intentando deshacerla dentro de su boca. Fue la primera responsabilidad que asumí a mi joven edad adulta en la que a duras penas trataba de situarme. La carrera, el trabajo, la convivencia, las novedades que una nueva vida en pareja me regalaba…y entonces ella.
Fue el primer ser vivo a mi cargo. Apenas tenía un mes y durante algunas noches durmió a nuestro lado, en nuestro dormitorio, acurrucada en su cesta repleta de juguetes. El contacto con mi mano la tranquilizaba. Algunas noches me despertaba sintiendo sus pequeños lametones y aquellos mordisquillos que me hacían cosquillas. Aprendió rápido las normas de casa, aunque eso no evitó que en más de una vez, y en más de dos, encontrara algún pequeño desastre a la vuelta del trabajo. Lo último que recuerdo fue lo ricos que le debieron saber los tacones de mis zapatos de boda. Aquellos zapatos que con tanta estima guardaba, recordando el orgullo de haber logrado llevarlos puestos todo el día. Eran preciosos, hasta que ella se los comió. Pero era un cachorro.
A lo largo de los años nos regalamos muchos momentos de felicidad, de complicidad y de risas. Nos acompañó en nuestros viajes, allí donde fuéramos. Fue el perro más viajero que conozco. Me gustaría que la hubierais visto saltar. Era como si sus patas estuvieran preparadas para la carrera más difícil de salto de obstáculos. Nos entendíamos a la perfección aunque durante muchos años compitiéramos por ocupar el mejor sitio en el sofá. Y el mejor era el suyo, que se había ganado a pulso llegando la primera, colocándose de un salto limpio y certero delante del televisor mientras te miraba con cara de vencedora.
Sus ladridos y nuestras palabras seguían la secuencia lógica de cualquier conversación entre dos seres vivos que se entienden. Seguro que muchos de vosotros sabréis de lo que estoy hablando. Ella también opinaba, aunque sabía perfectamente cual era su lugar.
Una mirada, un gesto, el sonido de su correa, recuerdo tantas cosas... Su cariño incondicional, su lealtad, su presencia, su alegría, su hocico húmedo bajo mi brazo, empujando suavecito para darme ánimos en un mal día, su mirada retándonos a quitarle su juguete, su cara escondida entre las patas cuando se enfadaba…
Llegaron los niños, los nuestros y los suyos. Ella compartió con los nuevos miembros de la familia, mis hijas, muchos días, de muchas semanas, de muchos meses y de muchos años. Con ellas, tuvo la paciencia necesaria que el mejor amigo debe tener. Las protegió y veló sus cunas como quien guarda el tesoro más preciado.
Con mucha pena, regalamos sus cachorros amigos y conocidos. Todos menos uno: su hija. Con ella compartimos también muchos años en los que logramos ser dos familias en una. Madre e hija formaron un equipo en el que intercambiaron, incansablemente, lametones, juegos, disputas y una nueva vivienda en la que dormían acurrucadas todas las noches.
Llegamos a la edad adulta, asumiendo que los años no pasan en balde. Las canas entre vetadas de su pelaje, sus ojitos de avellana velados por la vejez, su sordera galopante y su caminar cansino eran la señal de que la vida iba pasando también para ella, aunque su rabo continuara dando muestras de alegría todavía en muchos momentos.
Siempre le agradeceré los diecisiete años que nos regaló, y el día que tuve que tomar una de las decisiones más tristes de mi vida, lo hice convencida de que había tenido la mejor vida de perro que un can puede esperar, aunque las lágrimas siempre llenarán mis ojos recordando aquel momento en el que la acompañé hasta el fin, acariciándola, mirándola a la cara, deseándole con toda mi alma lo mejor en su último viaje. No sé si habrá un más allá para ellos, pero si lo hay ella estará allí, con su hija, Tona, saltando entre las hierbas, esperando que alguien le tire su juguete para ir a recogerlo y traerlo nuevamente.
Tuca, te llevo en mi recuerdo y en mi corazón. Nos quisimos mucho y te echo de menos. Fuiste el mejor perro del mundo.

 PepaFraile 2011

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