28 ago. 2010


37 años, casi una vida...

POR ELLOS...NO QUIERO QUE NUNCA MÁS SE ME ESCAPEN LAS PALABRAS...

Habían pasado tantos años desde que había ido por última vez al cementerio que entrar por la puerta me produjo un escalofrío irreconocible que me recorrió todo el cuerpo.

Yo no recordaba, pero mis pies sí lo hicieron. Y no dudaron ni un instante. Ellos me llevaron, primero, por la calle principal, sección primera, donde finalmente, la fondo de un paseo muy largo se veía el nicho familiar. Allí estaban, como siempre, sonriendo y observando, tal y como yo los recordada. Acaso quise imaginar por un momento que podían haber cambiado...pero no. Solo los árboles parecían más viejos. Ellos también habían sido testigos de muchos días, que sumaban muchas semanas, muchos meses y muchos años. Las fotografías seguían allí, intactas, como si nada hubiera pasado por aquellas calles desde hacia casi 30 años.

Casi paralizada y en un intento de no cerrar ni un instante los ojos para creer lo que me estaba pasando, fueron llegando a mi recuerdo escenas que habían estado durmiendo, igual que aquellas piedras que me acompañaban a plena luz del día. En ellas empecé a recordar aquel tiempo en el que el único juego permitido y en silencio ,entre mi hermano y yo, era el de conseguir leer el nombre más raro del muerto en cuestión. Mirar las fotos también nos gustaba mucho, pero nos arriesgábamos a sufrir un ataque de risa y eso había que pensárselo dos veces, por lo que pudiera pasar después. Cuando la risa nos sorprendía mirando la foto de un niño o una niña nos mirábamos un poco serios como cuestionándonos qué hacia allí una persona tan joven. No parecía normal, nosotros también éramos niños y estábamos vivos, como debía ser. Fuimos dos niños que lucharon sin saberlo por aislarse de un entorno triste lleno de vidas destrozadas, entre las que estaban las de sus propios padres.

Allí, cabizbaja, immóbil, viviendo aquella escena tantas veces repetida, aquel tiempo pasado empezó a tomar vida, a tener sentido. El olor inconfundible a cementerio y a flores, el ruido de las escaleras cuando se abren para subir a la parte más alta de los nichos, hasta el silencio que te envuelve aunque tú no quieras...todo fue llegando lentamente. La lágrimas empezaron a brotar sin ningún esfuerzo, tanto que empecé a frotarme la cara en un intento de respirar hondo...pero no podía. Habían sido demasiados años guardando unos recuerdos que ni siquiera me había permitido recordar. Delante de aquellos muertos que me miraban igual que siempre lo habían hecho, después de casi treinta años, sentí que muchas veces había echado de menos a mis abuelos, a mis tíos, a mis primos. Todos ellos estaban allí, juntos para siempre. Sin envejecer, sin preocuparse de lo que pasaba su alrededor, porque nunca pasaba nada.

Nunca antes había tomado conciencia de ese sentimiento.

De repente recordé aquella mujer que, como nosotros, iba todas las semanas al cementerio a llevar flores a su hija y a su yerno. Habían muerto en un accidente de moto. - Eran tan felices...y ya habían pensado en casarse- decía aquella pobre mujer con los ojos enrojecidos y el alma en pena. Su pequeño consuelo es que ninguno echaría de menos al otro. Permanecerían por siempre juntos.

Mi hermano y yo nos mirábamos sin saber qué decir. Mi madre miraba a aquella mujer sin saber qué decir. Mi padre miraba el nicho y no decía nada. Sólo cuando cruzaba las manos y daba un paso atrás sabíamos que era el momento de marchar. Era entonces cuando, vacíos de sonrisa, llenos de pena , con un paso lento y pesado, y las cabezas inclinadas hacia delante y dirección a la salida, finalizábamos el ritual de todas las semanas.

Después de mi visita al cementerio, ya adulta y sola para que nadie puediera observar mi reacción, tardé muchos meses en poder recordar aquella tarde. Tardé algunos años en poder contárselo a alguien. Cada vez que lo intentaba se me hacía un nudo la garganta y lloraba y lloraba sin que nadie me viera. Aquella reacción no dejaba de sorprenderme. Quería resistirme, como tantas veces, pero no podía. Todavía hoy me cuesta. Aquella visita despertó en mi mucha ternura, porque nunca antes me había parado a pensar qué perdidos debieron sentirse mis padres durante mucho tiempo de sus vidas. Nunca había sido tan consciente de cuánto pesó aquel suceso en las nuestras.

Es necesario que las heridas se curen. Pero es bueno y es sano recordarlas y ser conscientes de que un día estuvieron ahí, aunque ahora sea más fácil que entonces aceptarlo. No hay que esconderse. Hay que hablar de los muertos. Tomar consciencia, poder ponerle palabras a la alegria y también al dolor. Aprender a vivir y a revivir la vida después de las cenizas nos ayuda a crecer y a querer ser más felices. Ellos lo intentaron. Ahora, han pasado 37 años desde entonces, toda una vida, y siempre, además de otros momentos, en estas fechas los recuerdo y me causan una ternura que me invade. Aquel 24 de agosto sesgó las vidas de muchos de mis seres queridos, y sacudió las nuestras para siempre. Por eso, por muchas cosas...y por ellos NO QUIERO QUE NUNCA MÁS SE ME ESCAPEN LAS PALABRAS...
pepafraile 2010

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