10 ago. 2010


LAS SIETE VERDADES DE ELENA

Las Siete Verdades de Elena


CAPÍTULO 1
Verdaderamente nunca llegaron a gustarle aquellas cuatro paredes.
Elena, que tantas veces había pensado que aquel podía haber sido el trabajo de su vida, se disponía, el 29 de julio de 2003, martes, a las cuatro de la tarde, cuando el sol se hallaba en plenitud de su fuerza y entraba por la ventana de su despacho en el centro de Barcelona, en plena Gran Vía, a cruzar hacia otra dimensión, dejando tras de sí el rastro de un reguero de polvo que acababa detrás de la puerta y comenzaba justamente en su cabeza.
Había cerrado aquella puerta con los dientes apretados muchos días cuando, Jacinto, su jefe, había tenido un mal día, mejor dicho, quizá una mala noche, y se había dedicado a perseguirla por las escaleras, hasta el séptimo piso, sin parar de pedirle informes, contrastes de opinión, contratos y otros documentos que el día anterior, supuestamente más relajado, y ante la posibilidad de una velada prometedora, le habían parecido prescindibles y de poca prioridad.
Una ojeada a su alrededor, antes del último suspiro ahogado en el que ordenar y controlar toda la angustia contenida en aquel momento y en el que recoger una parte de los recuerdos que dejaría allí, para siempre.
Las llaves de la pequeña caja fuerte que se hallaba justo detrás de la silla, la grapadora , el bloc de notas a medio usar, junto al teléfono, los últimos pedidos de fábrica que todavía no habían sido gestionados por compras y que habían quedado enganchados con el postt-it de colores junto al organigrama de planificación. El ordenador portátil que ella misma había elegido y que tantas veces había utilizado en casa, sentada en el sofá al lado de Enrique, su último ligue, para consultar las últimas novedades en compra/venta de barcos de segunda mano. Porque Enrique era un apasionado del mar. Solía ser reacia a llevar sus conquistas a casa, pero ésta había sido tan pesado que al final la había convencido. Ella tenía claro que aquella relación no iba a llegar muy lejos. Ya tenía su carné de patrón de embarcación de recreo de más de 12 metros de eslora, con la cual podía interpretar mapas y rutas, y dos pequeños aretes en su oreja derecha en honor a la tradición corsaria, aunque él no había navegado a países exóticos ni había peligrado en ninguna travesía.
Había leído que, entre los siglos XVIII y XIX en que comerciantes y navegantes viajaban en busca de fortuna a través de sus embarcaciones, las travesías conllevaban riesgos de tormentas, nevadas y escollos que convertían aquellos viajes, en muchas ocasiones, en auténticas pruebas de supervivencia. Tanto es así que muchos de los navegantes no llegaban a puerto. Los naufragios eran algo corriente y la mejor muestra de éxito de piratas, corsarios, marineros y navegantes era colocarse un aro en una de sus orejas para que todo el mundo conociera sus hazañas. Otras tradiciones explicaban que todo navegante que encontrara el cadáver de un hombre de mar podía quedarse con el aro de oro que llevaba sólo si le daba sepultura cristiana.
Enrique no había encontrado ningún muerto, ni en la mar ni fuera, ni siquiera había corrido ningún peligro en sus travesías que, como mucho, lo habían llevado hasta las Canarias, pero le encantaban sus aretes en la oreja derecha. Le parecía que le daban un aire más interesante. Era delgado, alto, un poco desgarbilado pero tenia la complexión justa y una mirada profunda que conjuntaba con un gesto de media sonrisa que gustaba mucho a las mujeres. Y Elena lo cazó, pero solo para jugar con él, igual que el gato juega con su presa un rato antes de matarla. Y ni siquiera se la come. Elena se había convertido en gato desde hacía mucho tiempo, silenciosa y arisca con todos aquellos que se querían acercar demasiado. Enrique era un apasionado el mar y también un poco idiota, un consentido hijo de papá que solo le sirvió a Elena para darle esquinazo a Jacinto.
Lo único que no había podido resistir llevarse en la pequeña caja que había preparado para sus objetos personales, su calendario y sus fotografías, había sido aquel pisapapeles que habían logrado conseguir para ella en el último viaje a Praga que hizo Jacinto, en el que quiso cerrar tratos comerciales con la empresa VZDUCH VÝCHODNÍ CORPORATION, que quería decir Aires del Este. Era precioso, tallado en cristal de bohemia y estallaba en un sinfín de colores si lo acercabas a la luz y se movía en sentido giratorio. Aquello le recordaba tiempos pasados, tiempos mejores. Tenía forma de huevo, con una pequeña base debajo que le permitía mantener una posición estable. En el centro había una mancha con algunas formas que no se podían ver si no te acercabas hasta tocar con la nariz el pisapapeles. Era una gota de agua que había quedado atrapada por el tiempo en forma de fósil.

Ése seria el único recuerdo que la transportaría de nuevo a la empresa donde había trabajado casi diecisiete años. Había llegado muy joven, muy sola, sin estudios acabados, pero la suerte le sonrió, el que iba a ser su jefe también y consiguió un contrato eventual como auxiliar administrativa que se convirtió en un contrato indefinido, cosa que le permitió obtener unos ingresos estables y tiempo suficiente para reemprender sus estudios de derecho en aquella nueva ciudad que la había acogido sin preguntar. De sus graves problemas al principio, su padre sólo conoció una ínfima parte, la que correspondía a sus dificultades de adaptación a una ciudad en la que se empezaba a consolidar una lengua co-oficial y que ella no tardó en aprender. La asignación que Miguel siguió ingresándole en una cuenta bancaria le salvó la vida durante muchos meses.
Mientras llegaba a casa en su coche las escenas se agolpaban en su memoria en forma de película. Conducía casi por inercia, sin concentración alguna en los gestos que llevaba haciendo tanto tiempo de vuelta del trabajo. Aparcó en el mismo sitio de siempre, salió del coche danto un portazo sin levantar la mirada del suelo.
Subió a pie las escaleras que la llevaban al segundo piso, a su piso. Siempre esperaba el ascensor pero ese día le podían, la rabia, el cansancio, el calor y la sensación de perdida, así que puso el pie en el primer escalón y empezó a caminar subiendo con desgana cada uno de aquellos peldaños que le parecían nuevos.
Dos golpes de vuelta a las llaves, por fin podía relajarse. Dejó el bolso tirado en el sofá y se deshizo de las llaves del coche dejándolas caer sobre la mesita que tenia junto al teléfono. Rodaron y cayeron al suelo pero Elena no se molestó en recogerlas. A nadie le iba a importar si estaban allí o en otra parte.
Se descalzó, se quitó los pantalones y se dejó caer desplomada en el sillón, mirando hacia el televisor. Pulsó el botón rojo del teléfono que parpadeaba indicando que había mensajes. Era Flora, una amiga de toda la vida que había vuelto a romper con su pareja, si a aquello se le podía llamar pareja, y que siempre buscaba consuelo en Elena, sobre todo porque ésta no la juzgaba, no hacía demasiados comentarios y además no le llevaba nunca la contraria. Elena, derrotada de cansancio por dentro y por fuera, se acurrucó con el cojín que tenía justo en su lado derecho y pensó en llamar a Flora para contarle lo sucedido. - Ni se lo imagina - pensó. En esta ocasión y casi como precedente, haré que Flora se sienta un poquito menos desgraciada.
Flora era una persona con nervio y afable, siempre dispuesta a ayudar a los demás, pero en el fondo la atraía una necesidad incontrolada, no confesada pero sutil, de saber las miserias de la gente que la rodeaba. Era muy cotilla, aunque se negaba a reconocerlo. Su interés por preguntar se debía más a una necesidad de sospechar, que alimentaba a diario y que pensaba que la hacía más interesante, que a la simple curiosidad de saber las cosas. Eso la hacía a ella menos infeliz. Volvía a estar sola después de haberse divorciado y haber encontrado aquel novio, un poco excéntrico, al que lo que más le gustaba era coleccionar plumas de pájaros.
Flora tenia 38 años. En su primer matrimonio ya había sufrido bastante. Su marido, un potentado de las finanzas, la agasajaba con abrigos de pieles, joyas y viajes de lujo. En fin, siempre había sido la envidia del grupo. La trataba como a una reina, pero Flora no quería ser una reina. Lo que verdaderamente anhelaba Flora era ser una madre. Parecía la mujer más fértil del mundo. Sus curvas, sus pechos, su melena larga y espesa, su salud desbordante, y su energía, la convertían en la candidata perfecta. Sin embargo, todo parecía desvanecerse en su gesto cada vez que se oía alguna noticia de algún embarazo en otras conocidas. Nunca se quejó al respecto, al menos delante del grupo de mujeres con las que a veces se reunían ella y Elena, antiguas conocidas que no aportaban valor añadido pero que ayudaban a matar el aburrimiento. La mayoría evitaban entrar en aquella conversación que subliminalmente estaba en el ambiente pero que no se manifestaba abiertamente. En petit comité se rumoreaban ciertas cosas.
- No lo acabo de entender, comentaba Luisa.
Era la mayor del grupo y pertenecía a una asociación de mujeres progresistas. Nunca se había casado pero había decidido con dieciocho años tener su primer hijo. Ya tenía dos, uno de cada padre. Luisa decidió ser madre soltera y lo había conseguido.
- Llevan casi seis años casados, les sobra el dinero, entran, salen y viajan. Podrían contratar una chacha cuando tuvieran un bebé. Al paso que van se les pasará la edad.
- ¿La edad de qué?, preguntó Marta, aterrizando en aquel momento.
- Pues de qué va a ser mujer, ¡que pareces tonta!, de parir, ¡hombre, que ya no es una niña precisamente!
- - Parecen muy enamorados, dijo Marta en un suspiro y mirando hacia el techo, como imaginándoselos en una de tantas escenas con las que Fernando deleitaba a Elena y a sus amigas, mostrando el gran envoltorio en el que traía un nuevo regalo. - ¡Qué envidia me dan!
- Sí, sí, pero con miraditas, abriguitos y lo demás no se hacen los niños.
- ¿Qué quieres decir?
- Nada, nada. A mí hay algo que no me encaja en este puzzle. Nunca me ha gustado ese hombre. Me parece un falso. De los que se ríen con sonrisa de dentífrico, para que todo el mundo pueda comprobar que se ha blanqueado los dientes, y justo está pensando lo contrario de lo que te dice.
- Eso es que le tienes manía, o que te parece que está tan bueno y que no te lo podrás tirar, que te da una rabia que te mueres. Luisa, confiésalo, te lo llevarías a la cama si pudieras.
- Si hombre, ¡lo que me faltaba! Con las dos fieras que tengo en casa, y lo coneja que soy, no por todo el oro del mundo me iría con un hombre que no me diera seguridad.
- Pero, ¡seguridad de qué!- Dijo Marta cada vez más sorprendida.
- Pues de que no me pueda dejar embarazada. De que sea un sacarino.
- ¿Un qué?
La cara de Marta ya parecía un poema, no dejaba de mirar a Luisa y cada respuesta de su amiga le parecía más sorprendente que la anterior.
Marta era un poco beata y las conversaciones de hombres le daban una risa nerviosa que la delataban. Todas pensaban que a sus 30 años todavía era virgen, pero nadie se había atrevido hasta el momento a preguntárselo de forma directa.
- Jajajajajaja, las carcajadas de Luisa podían llegar a cualquier punto del entorno de cien metros.
- Un hombre sacarino es aquel que endulza y no engorda. Jajajajaja- Mi querida Marta, que parece que has nacido debajo de una col.
- Bueno, bueno, las hay que nacieron sabiendo, comentaba Carolina, saliendo al paso y en defensa de Marta, que ya empezaba a sentirse incómoda.
Aquellos momentos eran casi los únicos en los que Elena hacía vida social, y con mucho gusto se hubiera quedado al margen si no fuera porque Flora la obligaba a asistir.

Elena marcó el teléfono de Flora. Mientras sus dedos se dirigían de forma refleja hacia el número de su amiga, que tantas veces habían pulsado. Por su cabeza pasaban algunas de las situaciones vividas en aquel día. Por su frente empezaban a aparecer las primeras gotas de sudor. Al entrar no se había acordado de activar el aire acondicionado. Por un momento pensó colgar y dirigirse al mueble auxiliar para coger el mando del aparato. Justo en ese momento se oyó una voz al otro lado.
- ¿diga?
- ¿Flora?
- ¡Elena, qué alegría oírte! ¿Cómo estás?
- Bien, bien.
No sabía por dónde empezar. Se le agolpaban las palabras en la cabeza. Todas ellas se habían quedado atrapadas de pronto en su garganta. Carraspeó en varias ocasiones y trató de tragar saliva y concentrarse en lo que quería decir para dejar paso a su voz. En esos segundos que pasaron antes de que Elena se dispusiera a hablar, se oyó al otro lado del teléfono…
- Pero Elena, ¿me llamas desde casa? ¿Es que estás enferma? ¿Tus vacaciones no empezaban en Agosto?
- No, no, nada de eso. Bueno sí, te llamo desde casa. Te llamo porque he vuelto temprano del trabajo. Bueno, el caso es que…- tragó saliva otra vez- ya no volveré…al trabajo. Hoy ha sido mi último día.
- Pero qué me dices. ¡Qué cabrones que son esos jefes tuyos! Después de tanto tiempo, pero ¿qué ha pasado? Cuéntame. Bueno, mejor nos vemos un rato, ¿no te parece?
A Elena se le sumaban las frases de Flora y la verdad, no tenía ganas de ver a nadie en ese momento.
- Mejor nos vemos mañana, si quieres para desayunar. A las 10 en el Cotrobo.
- De acuerdo, pero si necesitas algo llámame. ¿Vale?
- Muy bien. Un beso y que descanses.
Todavía con el teléfono en la mano encendió el aire acondicionado, se acercó al mueble bar situado al lado del televisor, se preparó una copa, cogió el mando a distancia, se acercó a la cara otro cojín y se acomodó en el sofá dispuesta a disfrutar de una tarde de zapping. Fue paseándose por todos los canales de televisión, novelas, concursos, anuncios, Realty Shows… por un instante no descartó verse en alguna ocasión, si pagaban bien, contando su historia a través de la pequeña pantalla. - qué pena, toda esa gente pensando que son tan exclusivos. Si imaginaran por un momento la cantidad de personas que hay con vidas parecidas a las suyas se sentirían doblemente ridículos. Eso mismo pensarán los productores. No creo que paguen tanto, incluso puede que ni siquiera paguen. Ellos no saben que los llaman bichos, carnaza, porque forman parte de un circo en el que, como pasa con los leones, cada vez que hacen bien sus piruetas, les echan un trozo de carne para que la devoren, en lugar de devorar al domador-.
Elena era en ese momento la espectadora de un circo de programas sin sentido, cuando se quedó dormida dudando acerca de la vida de aquella pobre gente que no hacía otra cosa que mostrar delante de una cámara que eran capaces de vender su alma al diablo, a cambio de un instante de fama.
Tuvo un sueño ligero. En él hizo realidad un viejo deseo, casi olvidado, de acudir a unos grandes almacenes, a la hora a la que van algunas amas de casa privilegiadas.

La mañana se presentó más clara. Elena se giró dando media vuelta en el sofá. Se incorporó, se frotó los ojos, se rascó el pelo de forma convulsiva, y sintió que le crujían todos los huesos de la espalda. Ni había cenado ni se había ido a la cama.
Se dispuso a preparar una buena ducha. Eran las ocho de la mañana y había quedado con Flora a las diez. No sabía muy bien por dónde iba a empezar. Sabía que no iba a ser fácil si quería ser sincera del todo.
Habían quedado en la cafetería “Cotrobo”, como siempre que querían refugiarse en alguna conversación en la que nadie las molestara, a Flora sobretodo, que era más que conocida en aquel barrio que ni siguiera era el suyo. Siempre iban a última hora de la tarde.
Allí nadie las conocía, sólo el camarero, y su mirada era tan ajena y tan distante que aunque las hubiera visto pasar con ropa interior, mostrando la lencería más exuberante del momento por delante de su cara, no se habría dado ni cuenta de que eran clientas habituales.
Elena se preparó, igual que siempre, a pesar de que esa mañana iba a ser distinta. Cogió su bolso, cerró la puerta y comenzó a bajar las escaleras en dirección al punto de encuentro.
Saliendo del portal, despistada, pensando qué iba a ser de su vida a partir de ese momento, no se dio cuenta de que, en la acera de enfrente alguien la observaba, torpe pero disimuladamente, desde un escaparate. Se perfilaba la silueta de un hombre girado de espaldas que la seguía con la mirada a través del cristal de lo que era una tienda de moda femenina. Parecía muy interesado en el género expuesto y no se dio media vuelta hasta que Elena dobló calle arriba. Su mirada era triste, perdida en el tiempo, en aquel tiempo que recordaba y que ya había dejado escapar para siempre.

5 comentarios:

Jordi dijo...

¡Enhorabuena por tu 1er capítulo! Pinta interesante y engancha. Te aseguro que lo seguiré leyendo.
Ángeles

PepaFraile dijo...

Muchísimas gracias. Está sujeto a cambios, porque cada vez que releo la historia retoco pequeñas cosas. Besos

Anónimo dijo...

¿Dónde se puede comprar el libro? O cómo mínimo, ¿dónde se puede seguir leyendo el resto de capítulos?

PepaFraile dijo...

Señor anónimo. Mi libro de momento no se puede comprar porque no está editado...pero al tiempo, que será poco. Estoy en standby pero en cuanto tome carrerilla publicaré en e-book. El resto de capítulos te los puedo adelantar si quieres en formato copias.

PepaFraile dijo...

Señor anónimo. Mi libro de momento no se puede comprar porque no está editado...pero al tiempo, que será poco. Estoy en standby pero en cuanto tome carrerilla publicaré en e-book. El resto de capítulos te los puedo adelantar si quieres en formato copias.

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