1 dic. 2010


Una misa de funeral con sonrisas y lágrimas

Ir a un entierro siempre es triste, desde luego. No importa de quien sea. En algunos casos ni siquiera se conoce al finado y una asiste así haciendo compañía y sumándose a la tristeza del amig@ o del compañero de trabaj@ . Esto es lo que me ha sucedido a mí esta semana. Aunque parezca extraño, y con todos los respetos a una ceremonia tradicionalmente cristiana que por principios no me dice nada, tengo que admitir que valió la pena formar parte de ese conjunto de personas que rendían el último homenaje a un hombre viudo hacía muchos años, que formó parte de una familia con cuatro hijos. Alguien que seguramente tuvo una vida sencilla y vivió para trabajar, forjar un futuro y enseñar a sus hijos "a volar". Estas fueron algunas de las expresiones que formaron parte de uno de los discursos que se ofrecieron en esa liturgia. Un discurso claro, sincero, cargado de emociones, de anécdotas y de recuerdos que quebraron la voz del orador en algunas ocasiones, pero no la acallaron en ningún momento. Esa expresión, "enseñar a los hijos a volar" levantó en mi un sentimiento que no pude reprimir más que con lágrimas. Se estaban refiriendo a mi compañero de trabajo. Él es "especial", y cuando digo especial lo digo porque es alguien que nació con muchas dificultades para volar, para emprender el vuelo que casi todos iniciamos cuando nos hacemos mayores y al que su familia ha protegido de forma especial toda su vida. "El pardelet"(el pajarillo), así lo llamó su hermano, y ahí él se vino abajo. Movía la cabeza de arriba a abajo, seguramente queriendo disimular sus propias emociones, aunque estoy segura que estuvo de acuerdo con todo lo que su hermano decía. En su trabajo es bien valorado y todo el mundo lo cuida para que no se nos ponga malito, creo que a él le gusta. Vivía con su padre , con el que seguramente compartía muchos momentos del día y de la noche, solos, desde hacía muchos años. Uno de sus hermanos lo cuidará a partir de ahora. Seguro que estará muy bien.
En esta ceremonia de funeral, bastante clásica en su concepto y bastante carca para mi gusto, de pronto se escucharon expresiones como "salut i força al canut", escritas en una carta por la madre antes de morir, y se pidió un aplauso al fallecido, como el último homenaje a un hombre al que seguramente muchos conocían en la ciudad y que seguramente recogió allí donde se encontrara. Fue una misa en la que, sin conocer al principal protagonista, lloramos pero también reímos. Es curioso.
Mereció la pena ir, nuestro compañero de trabajo lo agradeció muchísimo y es posible que el párroco todavía no haya salido de su asombro.
PepaFraile 2010

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