22 nov 2011

Conciencia Plena - Mindfullness...

Tengo la suerte de trabajar, de tener un trabajo que me gusta, y de estar rodeada del mejor equipo de trabajo que nunca he tenido. El mérito del respeto, el trabajo en común, las risas y la complicidad hasta en los peores momentos son hechos que nos acompañan en el día a día, hasta aquellos en los que la mayoría de nosotras tenemos los pelos de punta, que también los hay. Habrá otros equipos mejores...o no...pero yo todavía no los he conocido. Lo pienso y lo digo siempre que tengo ocasión.
Hoy, he participado en la primera sesión de un taller que una de mis compañeras de trabajo nos ha regalado, fruto de su formación y su experiencia. Mindfullness. ¿Y qué es eso? Pues bien...tratando de recoger algunas ideas que con mucho acierto han sido expuestas, voy a tratar de explicar mis sensaciones.
Tomar conscienca plena.
Vivimos en un mundo con prisas por llegar a todas partes, con ansia y con estrés, acostumbrados la mayoría de las veces a saltarnos los detalles, porque nos parecen innecesarios. El ser humano se mueve a través de sus pensamientos y éstos se pueden traducir en tres formas de reacción: el ataque, la huída y el bloqueo. ¿Quién puede decir que no los ha usado juntos o separados en alguna ocasión?
El menú que nos muestra nuestra mente, en forma de imagen o pensamiento desde que somos conscientes de todo aquello que nos rodea, que sentimos, que percibimos y que nos pasa, nos da también la capacidad de tomar consciencia de cada uno de esos elementos y concentrarnos en ellos uno por uno, saboreándolos. Pues bien, para muchos esa es una tarea difícil en un entorno en el que estamos más que acostumbrados y programados a interpretar que por encima de racionalizar, priorizar, concentrarse y disfrutar de nuestros actos y de nuestras sensaciones, hay que actuar y resolver. Sin tener en cuenta las consecuencias que muchas veces acaban teniendo esas actuaciones sin reflexión: El estrés.
El Estrés, para cada persona, se puede identificar con cosas distintas, aunque al final el resultado es el mismo: traspasa lo etéreo y se materializa dirigiéndose a nuestro cuerpo. El estrés nos ataca y se manifiesta. También es más fácil identificarlo que corregirlo, dadas las circunstancias que vivimo, hasta sin darnos cuenta, pero este taller nos va a enseñar a mejorar algunas cosas. Estoy segura.
Tomar conscienca plena de nuestro propio cuerpo, de aquello que escuchamos, que tocamos, que sentimos, que olemos y que comemos.
Aunque pueda parecer una nimiedad y, todo hay que decirlo, con la coña correspondiente de todas las asistentes al taller, nunca antes de hoy había tenido tanto tiempo una baya tibetana en mis manos, ni la había olido tanto, ni la había mirado tan fijamente, ni había tardado tanto tiempo en comérmela cuando me la he echado a la boca. Un verdadero ejercicio de paciencia en el que hemos tomado consciencia de cuántas cosas pasamos por alto en nuestras vidas y de cuantos pasos nos saltamos sin ser conscientes de ello.
Pili, eres una excelente compañera y mejor persona. Eso te hace más grande, aunque ya sabes que hay otras que te ganamos en estatura, a lo alto y a lo ancho.
Creo que lo puedo decir en nombre de todas las que hoy hemos disfrutado de este rato contigo. ¡GRACIAS!
PepaFraile 2011

19 nov 2011

Sin más...

Ramas rotas
Corro a través de mis recuerdos
en busca de algo que me sujete a tí.
Respiro, me paro, abro los ojos
y te veo ahí.
Dulce sonrisa sin acabar, rostro inexperto,
y en tu mano,
un puñal de azúcar que se clava dulcemente en mí.
El tiempo no se acaba y tu imagen se desvanece una vez más
evaporando con ella mis anhelos.
La persigo.
Mil veces, un millón, el infinito, hasta siempre.
Trato de ahuyentar la niebla que espesa mis sentidos
que nubla mi razón hasta el ahogo.
Una y otra vez trato de escucharte inutilmente.
Tus razones sin razón se lanzan contra mí sin contención
y entonces,
vuelvo atrás buscando tu inocencia, tu sonrisa, tus abrazos.
Mis ramas
tantos años sostenidas en el aire esperándote
sobreviven desgastadas.
En ellas brotan nuevas hojas que gritan un te quiero mudo,
capaces de albergar todos los años,
los vividos, los recordados y los que quedan por venir.

PepaFraile 2011

8 nov 2011

HIJA...ME GUSTAS MUCHO. Y TU A MÍ TAMBIÉN.

No voy a reproducir la breve conversación que hoy he mantenido con una de mis hijas porque de lo contrario...me mataría, muerta de la muerte, pero tengo que decir que me ha encantado.
Lo cierto es que convivir con adolescentes, para aquellos que lo saben, es la cosa más difícil que me he echado a la cara desde que tengo uso de razón. Cualquier tiempo pasado fue mejor, os lo aseguro.
Desde hace algunos años vivo en la permanente confianza de que las cosas, cuando no van bien, siempre pueden ir mejor, y eso me levanta el ánimo muchos días en los que la cabeza me da vueltas hasta el infinito y más allá...Una que por suerte es optimista muchos días. Los adolescentes son una fuente de energía inagotable y sorprendente. Eso sí, no volvería a la adolescencia ni por todo el oro del mundo...bueno sí... puntualmente si con ello volviera a ver en el espejo una cara ausente de arruguillas(siendo condescendiente conmigo misma) y un cabello ausente de canas...y alguna otra cosa que no viene al caso,pero claro, todo un tiene un precio...y la edad, como escuché un día por ahí es un trofeo que uno le gana a la vida cada día que se levanta, respira, se ríe, vive y convive.
El caso es que los adolescentes te enseñan mucho. Mucho más de lo que ni ellos mismos saben que te están mostrando con sus palabras, con sus silencios y con sus actos. Muchos días, casi todos, lo cotidiano se llena de ejercicios de equilibrio, las prisas se llenan de nervios, las preocupaciones se alimentan de intuiciones que una no querría tener por eso de pertenecer al género femenino. En ocasiones, los pasillos se llenan de gritos y, por suerte, las recompensas se llenan de sonrisas silenciosas y sonoras...en fin, el día a día.
En esa época de la vida en la que los padres acabamos siendo casi siempre el enemigo, en la que luchar contra dragones para convertirse a toda costa en los héroes que algún día fuimos es una constante y en la que parecemos el banco de españa, cuando una corta pero produnda conversación finaliza con las frases: - Hija, me gustas mucho. - Mamá, tú a mí también, la sonrisa aparece en tu cara como si te hubiera tocado la lotería, una lotería del corazón que no tiene más palabras. Solo una honda respiración de orgullo pensando...esa es mi niña.

PepaFraile 2011

15 oct 2011

Quien será...blogger, hotmail, google...y yo

Llevo peleándome con las nuevas tecnologías mucho más tiempo del que dispongo. No lo entiendo, y cuando no lo entiendo me obstino en pensar que son ellas, las tecnologías, las que se ponen en mi contra.

18 sept 2011

Recuerdos

Me quedé con ella aunque cuando la vi por primera vez pensé que era la más fea, pero se había acercado a mí, despacito, oliendo y mordiendo torpemente los cordones de mis zapatos. Y no pude resistirme. Una bolita, peluda, de pelo negro, que corría por la casa resbalándose en cada esquina, mirándote con unos ojos redondos, del color de las avellanas, que querían decirte algo que no lograba entender mientras su rabito trataba de darte alguna pista. Apenas sin dientes, mordisqueaba la comida intentando deshacerla dentro de su boca. Fue la primera responsabilidad que asumí a mi joven edad adulta en la que a duras penas trataba de situarme. La carrera, el trabajo, la convivencia, las novedades que una nueva vida en pareja me regalaba…y entonces ella.
Fue el primer ser vivo a mi cargo. Apenas tenía un mes y durante algunas noches durmió a nuestro lado, en nuestro dormitorio, acurrucada en su cesta repleta de juguetes. El contacto con mi mano la tranquilizaba. Algunas noches me despertaba sintiendo sus pequeños lametones y aquellos mordisquillos que me hacían cosquillas. Aprendió rápido las normas de casa, aunque eso no evitó que en más de una vez, y en más de dos, encontrara algún pequeño desastre a la vuelta del trabajo. Lo último que recuerdo fue lo ricos que le debieron saber los tacones de mis zapatos de boda. Aquellos zapatos que con tanta estima guardaba, recordando el orgullo de haber logrado llevarlos puestos todo el día. Eran preciosos, hasta que ella se los comió. Pero era un cachorro.
A lo largo de los años nos regalamos muchos momentos de felicidad, de complicidad y de risas. Nos acompañó en nuestros viajes, allí donde fuéramos. Fue el perro más viajero que conozco. Me gustaría que la hubierais visto saltar. Era como si sus patas estuvieran preparadas para la carrera más difícil de salto de obstáculos. Nos entendíamos a la perfección aunque durante muchos años compitiéramos por ocupar el mejor sitio en el sofá. Y el mejor era el suyo, que se había ganado a pulso llegando la primera, colocándose de un salto limpio y certero delante del televisor mientras te miraba con cara de vencedora.
Sus ladridos y nuestras palabras seguían la secuencia lógica de cualquier conversación entre dos seres vivos que se entienden. Seguro que muchos de vosotros sabréis de lo que estoy hablando. Ella también opinaba, aunque sabía perfectamente cual era su lugar.
Una mirada, un gesto, el sonido de su correa, recuerdo tantas cosas... Su cariño incondicional, su lealtad, su presencia, su alegría, su hocico húmedo bajo mi brazo, empujando suavecito para darme ánimos en un mal día, su mirada retándonos a quitarle su juguete, su cara escondida entre las patas cuando se enfadaba…
Llegaron los niños, los nuestros y los suyos. Ella compartió con los nuevos miembros de la familia, mis hijas, muchos días, de muchas semanas, de muchos meses y de muchos años. Con ellas, tuvo la paciencia necesaria que el mejor amigo debe tener. Las protegió y veló sus cunas como quien guarda el tesoro más preciado.
Con mucha pena, regalamos sus cachorros amigos y conocidos. Todos menos uno: su hija. Con ella compartimos también muchos años en los que logramos ser dos familias en una. Madre e hija formaron un equipo en el que intercambiaron, incansablemente, lametones, juegos, disputas y una nueva vivienda en la que dormían acurrucadas todas las noches.
Llegamos a la edad adulta, asumiendo que los años no pasan en balde. Las canas entre vetadas de su pelaje, sus ojitos de avellana velados por la vejez, su sordera galopante y su caminar cansino eran la señal de que la vida iba pasando también para ella, aunque su rabo continuara dando muestras de alegría todavía en muchos momentos.
Siempre le agradeceré los diecisiete años que nos regaló, y el día que tuve que tomar una de las decisiones más tristes de mi vida, lo hice convencida de que había tenido la mejor vida de perro que un can puede esperar, aunque las lágrimas siempre llenarán mis ojos recordando aquel momento en el que la acompañé hasta el fin, acariciándola, mirándola a la cara, deseándole con toda mi alma lo mejor en su último viaje. No sé si habrá un más allá para ellos, pero si lo hay ella estará allí, con su hija, Tona, saltando entre las hierbas, esperando que alguien le tire su juguete para ir a recogerlo y traerlo nuevamente.
Tuca, te llevo en mi recuerdo y en mi corazón. Nos quisimos mucho y te echo de menos. Fuiste el mejor perro del mundo.

 PepaFraile 2011

5 jun 2011

La ficción puede superar la realidad

Aquí podéis leer mi primera colaboración en la revista digital CALAMÉO. Ha sido un placer que contaran conmigo. Espero que os guste la revista y mi relato. Abrazos.

http://es.calameo.com/read/0003801484caf2b04331c
La ficción puede superar la realidad

Se dirigió a una de las estanterías de su habitación y tomó un libro al azar entre sus manos…por tenerlas ocupadas de alguna manera. Lo abrió pasando las páginas para darse aire. Un best seller convertido en abanico. , pensó mientras observaba el paso de las páginas a toda velocidad. Lo dejó tirado sobre la cama. Estaba aburrida como una ostra. Llevaba todo el día en pijama deambulando por la casa sin saber hacia dónde mirar. Estaba sola. Se había recogido el pelo con una pinza y se había mirado en el espejo en varias ocasiones ensayando su mejor sonrisa. Tenía unos dientes bonitos, blancos y perfectamente alineados. Fruto de una correcta y prolongada ortodoncia que debía haber costado una buena pasta, pero para eso estaban los padres ¿no? , se dijo.
Era hija única. Tenía unos ojos de color miel que traspasaban y una mirada seductora de la que siempre sacaba su mejor partido. Lo sabía, y sabía cómo y cuándo utilizarla. Parecía una muchacha alegre y jovial, pero sólo ella sabía que en realidad era una pose de la que ya estaba cansada. Había dado vida a su propio personaje, y lo representaba cada día. Por dentro se sentía vacía de sentido y cada vez soportaba una carga mayor que no sabía como desprender de sus espaldas. La historia que había instrumentado casi a la perfección la seguía a todas partes. Por un momento pensó si no había llegado demasiado lejos con todo aquello. Le gustaba llamar la atención, siempre le había gustado. Necesitaba sentirse el centro de las miradas y hasta el momento lo había logrado casi todas las veces que se lo había propuesto.
Miró su móvil una vez más. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Llevaba varios días sin saber nada de sus amigas. , dijo en voz alta, mientras se le saltaban algunas lágrimas. Las había llamado a todas y ninguna podía quedar. Parecía que se habían puesto de acuerdo. Estaba conectada a Internet como siempre, pero no había nadie con quien poder conversar. Nadie a quien poderle hablar de aquello…una vez más.

Durante los últimos meses la noticia se había extendido no sólo a su círculo de amigos y amigas, sino a las familias de éstos que se preguntaban, en las ocasiones en las que coincidían, cómo era posible que ni la policía ni sus propios padres no hubieran tomado cartas en el asunto para zanjar aquella pesadilla Era indignante. Según algunas opiniones, todo aquello tenía algo turbio, algo que no encajaba, algo que no parecía lógico, teniendo en cuenta que ni ella misma había visto la cara de su supuesto agresor, a pesar de haberlo tenido a pocos centímetros de distancia en algunas ocasiones.
Aquel miedo había ido invadiendo a sus propias amigas, que al principio de lo que para ellas mismas, más que para Carola, era una auténtica pesadilla en la que no querrían verse, insistían en acompañarla a su casa, pasada la media noche cuando ella les decía que no pasaba nada, que no tenía miedo, que se iba sola. La llamaban cada pocos minutos para asegurarse de que seguía bien. Con el tiempo se habían acostumbrado a su historia y éstas habían sido oyentes pasivas y comprensivas en lo que ya consideraban que pasaba demasiado a menudo. Carola llegaba sonriente y llena de energía, como era ella con su grupo, dando el parte con todo lujo de detalles.
- Hoy me ha llamado un montón de veces. Dice que sabe quienes somos todas, lo que llevamos puesto, cómo nos llamamos, dónde y con quien vamos. Dice que si no me puede dar la sorpresa que me tiene preparada, se la dará a alguna de vosotras. Que ya queda poco.
- ¿Poco para qué?
- Para que le conozca.
- ¿Y no podrías cambiar de número de móvil de una vez por todas?
- No, porque necesitan tener el registro de las llamadas. Además, no hay pruebas porque llama desde números ocultos.
- ¿Hasta cuándo tendrás que aguantar esto? ¿Hasta que un día te de un susto de verdad?
- No sé, contestaba ella encogiéndose de hombros mientras echaba mano a su bolso. – Un amigo me ha traído esto, decía mientras sacaba un spray.
Las miradas soslayadas se cruzaban entre el grupo. Los chicos no le hacían ningún caso. Eran diferentes. Ellas la escuchaban prestándole la atención necesaria. Parecía que se habían acostumbrado a aquellas escenas, que ya se repetían como algo habitual. Carola sonreía y se ponía a hablar de otra cosa, dando por zanjada la cuestión como si no le importara. Ya había causado el efecto deseado. Todos pensarían en ella durante unos minutos, mientras ella se sentía satisfecha por ser la protagonista…una vez más.

Apagó su ordenador y miró el reloj. Las seis y media de la tarde. Apenas había comido nada pero no tenía hambre. , pensó mientras se dirigía a la ducha. Dejó correr el grifo hasta que el agua empezó a salir caliente. Fue a buscar la radio y la puso en su emisora favorita. Se desnudó ante el espejo y observó su cuerpo durante unos segundos. Era un cuerpo joven y bonito, aunque a ella no le gustara demasiado. Se sonrió haciendo un guiño. El agua caía sobre su cara mientras se deshacía la coleta. La ducha era uno de los momentos más placenteros para ella. El agua que recorría su cabeza y su cuerpo la ayudaban a relajarse lo suficiente para seguir adelante. Lo necesitaba. La tensión contenida caía junto con el jabón y desaparecía por el desagüe. Pero solo por unas horas. Sus puestas en escenas diarias alimentaban la tensión con la que vivía desde hacía unos meses.
Llamaron al timbre y Carola no escuchó nada la primera vez. Salió de la ducha y se envolvió en una gran toalla. Buscó otra más pequeña para secarse un poco la cabeza. Le pareció oír el sonido del timbre y se quedó esperando escuchar el sonido de unas llaves. Normalmente su madre se las dejaba en casa o las tenía tan ocultas en su bolso que terminaba dándose por vencida. Se acercó a la puerta sonriendo preparada para abrir. Afinó el oído y solo pudo escuchar un ligero jadeo que traspasaba la puerta. Se quedó parada con la mano puesta en el pomo. De nuevo sonó el timbre y Carola dio un respingo. Se le erizaron los pelos de la nuca. No se atrevía a moverse. De su garganta salió un hilo de voz.
- ¿Mamá? ¿eres tú? Contéstame.
Nadie contestaba al otro lado.
- Si no me dices que eres tú no te abriré.
El silencio era toda la respuesta. Aquella respiración cada vez más intensa, la dejó paralizada. El frío se estaba apoderando de todo su cuerpo. No podía gritar ni moverse en busca de su bolso para coger el móvil y pedir ayuda. De pronto, la puerta se movió delante de ella aporreada por fuertes golpes que provenían del otro lado. Carola se sintió presa del pánico.
- ¡Quién eres! ¡Déjame en paz! ¡No existes! Noooo!, gritó Carola en un arranque de histeria.
Su móvil empezó a sonar y su sonido la hizo reaccionar. Sujetó la toalla que envolvía su cuerpo y se dirigió al aparato dando grandes zancadas por el pasillo que casi la hacen caer. Lo abrió con desesperación esperando que fuera alguna de sus amigas.
- Ábreme la puerta, se oyó al otro lado del aparato. Te estoy esperando…no me moveré de aquí hasta que me abras, dijo una voz rota, de hombre, que penetraba a través de sus oídos. – Te espero. Tengo una sorpresa para ti. Áaaaabreme, repitió la voz.
Carola sintió como sus sentidos se desvanecían y perdía toda la fuerza. De pronto todo se volvió oscuro. Cuando se despertó su madre la miraba con cara de asustada mientras le acercaba una taza de infusión hasta su nariz.
- Era él, era él, balbuceaba Carola intentando incorporarse.
Su madre la miró con los ojos llorosos y la abrazó.
- No pasa nada. Solo ha sido un desvanecimiento.
Carola miraba a su madre sin comprender cómo podía no creerla. Estaba segura de lo que había oído. Cogió su móvil para enseñarle la última llamada que había recibido. Era la de su madre avisándola de que llegaría más tarde de lo habitual.

 PepaFraile 2011

pepafraile@hotmail.com
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20 mar 2011

Pedazos de mi tiempo...

Estoy super ilusionada con la novela que estoy escribiendo.Si la llego a publicar, cosa que pretendo conseguir, será la bomba. Cada vez está más cerca de ver su fin...aunque ello me esté costando más tiempo del que querría, porque ya tengo otras historias en mi cabeza. Normalmente a las 11 de la noche estoy pal arrastre y como madrugo bastante, tengo que ir rascando pedacitos de tiempo en los que darle forma a este sueño en el que se ha convertido mi historia. Os dejo una pequeña muestra.

"...Llegó hasta la puerta, miró su reloj y comprobó que ya eran casi las seis de la tarde. Trató de respirar hondo, aunque no lo consiguió y se dispuso a presionar el timbre. Parecía que el corazón le iba a saltar por los aires aunque hizo lo imposible por poner una buena cara. Los segundos se le hacían eternos. Volvió a llamar. Se agarró a su bolso, apoyó la otra mano en la pared y afinó el oído a la espera de escuchar algún movimiento que le indicara que detrás de aquella puerta había alguien. Por fin escuchó al otro lado unos pasos que se aproximaban hasta ella lentos y pausados. De repente sintió unas ganas de llorar irrefrenables. Por un segundo pensó que se iba a caer redonda al suelo. Se abrió la puerta y al otro lado apareció la figura de un hombre mayor en zapatillas de andar por casa, con el pelo completamente blanco y unas entradas en su frente que mostraban el paso de los años. Algo encorvado, llevaba puestas unas diminutas gafas y un periódico en la mano. Se miraron y ninguno de los dos dijo nada. Los ojos de aquel hombre se hicieron más grandes al tiempo que abría la boca en un gesto de asombro. Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas al tiempo que su boca trató de esquivar el nudo en la garganta que sentía en aquel momento.
- ¿Papá?, acertó a decir sin más.
- ¿Elena? Contestó Miguel cayéndole el periódico de la mano.
Elena se aproximó a su padre, que no había podido moverse del sitio y se fundió en un abrazo con él que no necesitó más palabras. Él la apretó contra sí y lloraron desconsoladamente durante unos segundos en los que no se separaron ni un momento..."
Pepafraile 2011

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