28 ago. 2010

37 años, casi una vida...

POR ELLOS...NO QUIERO QUE NUNCA MÁS SE ME ESCAPEN LAS PALABRAS...

Habían pasado tantos años desde que había ido por última vez al cementerio que entrar por la puerta me produjo un escalofrío irreconocible que me recorrió todo el cuerpo.

Yo no recordaba, pero mis pies sí lo hicieron. Y no dudaron ni un instante. Ellos me llevaron, primero, por la calle principal, sección primera, donde finalmente, la fondo de un paseo muy largo se veía el nicho familiar. Allí estaban, como siempre, sonriendo y observando, tal y como yo los recordada. Acaso quise imaginar por un momento que podían haber cambiado...pero no. Solo los árboles parecían más viejos. Ellos también habían sido testigos de muchos días, que sumaban muchas semanas, muchos meses y muchos años. Las fotografías seguían allí, intactas, como si nada hubiera pasado por aquellas calles desde hacia casi 30 años.

Casi paralizada y en un intento de no cerrar ni un instante los ojos para creer lo que me estaba pasando, fueron llegando a mi recuerdo escenas que habían estado durmiendo, igual que aquellas piedras que me acompañaban a plena luz del día. En ellas empecé a recordar aquel tiempo en el que el único juego permitido y en silencio ,entre mi hermano y yo, era el de conseguir leer el nombre más raro del muerto en cuestión. Mirar las fotos también nos gustaba mucho, pero nos arriesgábamos a sufrir un ataque de risa y eso había que pensárselo dos veces, por lo que pudiera pasar después. Cuando la risa nos sorprendía mirando la foto de un niño o una niña nos mirábamos un poco serios como cuestionándonos qué hacia allí una persona tan joven. No parecía normal, nosotros también éramos niños y estábamos vivos, como debía ser. Fuimos dos niños que lucharon sin saberlo por aislarse de un entorno triste lleno de vidas destrozadas, entre las que estaban las de sus propios padres.

Allí, cabizbaja, immóbil, viviendo aquella escena tantas veces repetida, aquel tiempo pasado empezó a tomar vida, a tener sentido. El olor inconfundible a cementerio y a flores, el ruido de las escaleras cuando se abren para subir a la parte más alta de los nichos, hasta el silencio que te envuelve aunque tú no quieras...todo fue llegando lentamente. La lágrimas empezaron a brotar sin ningún esfuerzo, tanto que empecé a frotarme la cara en un intento de respirar hondo...pero no podía. Habían sido demasiados años guardando unos recuerdos que ni siquiera me había permitido recordar. Delante de aquellos muertos que me miraban igual que siempre lo habían hecho, después de casi treinta años, sentí que muchas veces había echado de menos a mis abuelos, a mis tíos, a mis primos. Todos ellos estaban allí, juntos para siempre. Sin envejecer, sin preocuparse de lo que pasaba su alrededor, porque nunca pasaba nada.

Nunca antes había tomado conciencia de ese sentimiento.

De repente recordé aquella mujer que, como nosotros, iba todas las semanas al cementerio a llevar flores a su hija y a su yerno. Habían muerto en un accidente de moto. - Eran tan felices...y ya habían pensado en casarse- decía aquella pobre mujer con los ojos enrojecidos y el alma en pena. Su pequeño consuelo es que ninguno echaría de menos al otro. Permanecerían por siempre juntos.

Mi hermano y yo nos mirábamos sin saber qué decir. Mi madre miraba a aquella mujer sin saber qué decir. Mi padre miraba el nicho y no decía nada. Sólo cuando cruzaba las manos y daba un paso atrás sabíamos que era el momento de marchar. Era entonces cuando, vacíos de sonrisa, llenos de pena , con un paso lento y pesado, y las cabezas inclinadas hacia delante y dirección a la salida, finalizábamos el ritual de todas las semanas.

Después de mi visita al cementerio, ya adulta y sola para que nadie puediera observar mi reacción, tardé muchos meses en poder recordar aquella tarde. Tardé algunos años en poder contárselo a alguien. Cada vez que lo intentaba se me hacía un nudo la garganta y lloraba y lloraba sin que nadie me viera. Aquella reacción no dejaba de sorprenderme. Quería resistirme, como tantas veces, pero no podía. Todavía hoy me cuesta. Aquella visita despertó en mi mucha ternura, porque nunca antes me había parado a pensar qué perdidos debieron sentirse mis padres durante mucho tiempo de sus vidas. Nunca había sido tan consciente de cuánto pesó aquel suceso en las nuestras.

Es necesario que las heridas se curen. Pero es bueno y es sano recordarlas y ser conscientes de que un día estuvieron ahí, aunque ahora sea más fácil que entonces aceptarlo. No hay que esconderse. Hay que hablar de los muertos. Tomar consciencia, poder ponerle palabras a la alegria y también al dolor. Aprender a vivir y a revivir la vida después de las cenizas nos ayuda a crecer y a querer ser más felices. Ellos lo intentaron. Ahora, han pasado 37 años desde entonces, toda una vida, y siempre, además de otros momentos, en estas fechas los recuerdo y me causan una ternura que me invade. Aquel 24 de agosto sesgó las vidas de muchos de mis seres queridos, y sacudió las nuestras para siempre. Por eso, por muchas cosas...y por ellos NO QUIERO QUE NUNCA MÁS SE ME ESCAPEN LAS PALABRAS...
pepafraile 2010

18 ago. 2010

Hospitales de Primera...Recursos Humanos de tercera regional

¡TELA MARINERA!
La verdad es que es una pena hacerse daño en cualquier época del año, pero si a eso le añadimos que te encuentres fuera de casa, de vacaciones, en la playa, dispuesta a comerte tu mes de descanso tomando el sol, paseando por la playa, a la vez que disfrutando de las siestas y el tinto de verano...la cosa se convierte en una putada como la copa de un pino.
¡Pues esa soy yo desde hace 9 dias! cuando me diponía a ver un ratito la tele en el piso de abajo y bajando las escaleras de casa. Bajar, lo que se dice bajar, no las bajé. Mi pie izquierdo quiso volar desde el segundo escalón o le tercero, aunque cuando dí en el suelo me pareció que había saltado desde el séptimo escalón por lo menos.
Caí con silla y todo, y lo que todavía no sé es como no me partí los dientes allí mismo, con el batacazo que se oyó. El caso es que sentí com sonaba algo...ay!!!! pensé, no sé si se ha roto la silla o mi pie, así que me levanté que me las pelaba y me lanzé al sofá agarrada al pie. Ahí empezó a subirme una fatiga, desde la misma boca del estómago hasta la garganta, que no me dejaba ni respirar y nada, yo solo miraba el pie y vi que podía mover los dedos. Estás bien mamá? Mamá, estás bien? yo no podía ni casi respirar, ni dejar de mirarme el pie como si con eso quisiera volver atrás unos segundos, así que mucho menos contestar. Mi hija pequeña me vio saltar. !agua, quiero agua, fue lo único que me salió decir! Agua y hielo, que evitó que mi pie se convirtiera en un botijo desde el principio.
Así aguanté una hora, con la confianza y la esperanza que la cosa no fuera a más...pero fue. Ya no podía apoyar el pie en el suelo, así que pal Hospital de Torrevieja. Que mira, habíamos hablado algunas veces de qué cerca lo teníamos, cagoentó...
El caso es que llegamos allí poco más de las 12 de la noche y pensé, bueno no hay tanta gente, qué bien! El celador de guardia acudió al coche con una silla de ruedas, atento, indicándole a mi marido que pasara a dar los datos, para que así te atiendan rápido. Qué bien! pensé yo otra vez, dolorida e ingenua de mí. Al dar los datos te dan un papel que indica tu turno de espera, la hora a la que has ingresado, modernísmo de la muerte! pensé yo, que bien se lo montan aquí, como en la carniceria, que tienes tu turno para que así no se te cuele nadie. El hospital también tiene unas pantallas que te van indicando el número de pacientes que hay en ese momento en los diferentes centros de salud, el tiempo de espera en cada uno de ellos...una caña! así que me dijo mi marido que el tiempo de espera nuestro era de más de dos horas. Razonable, pensé yo. Ah! y también te encuentras con varios carteles, en varios idiomas, en los que te indican la catalogación con la que se define el grado de daño con el que acudes: habia varias, tipo paciente muy leve, leve, grave, muy grave...en fin ahora no me acuerdo, pero yo pensé...muy leve no será el mio, a ver si me atienden pronto, porque esto duele...
Creo que estábamos a 15 grados de temperatura como mucho. Qué frio por dios! pensé, bueno, mejor así que estar pasando calor...pero al cabo de un rato ya no me sentía ni el pie ni casi ninguna parte del cuerpo. Allí había niños, madres, padres, giris, bastantes por ciento, familias enteras haciendo cara de circunstancias, las que hace uno cuando va a esas horas a un hospital, claro, aunque algunos paseaban, contaban chismes, reían y se movian divinamente...yo pensé...a estos qué les debe estar doliendo...Luego lo averigué...!es que llevaban allí tantas horas que ya se les había pasado el daño!
Me llaman por el altavoz, me atiende una enfermera, creo, y me pregunta, así como con prisa, le digo que me he torcido el tobillo izquierdo, que no puedo caminar y que me duele mucho, vale, vale, esperad ahí fuera y te llamaremos para trauma. Vale!, pensé yo, guai, tanta gente muriéndose aquí no se ve, así que esto será fácil.
Media hora, una hora, dos horas, yo ya estaba que trinaba y el dolor allí seguía. Nos tomamos un café, y me dirigí al mostrador dónde nos habían atendido al llegar. Perdona, es que llevamos aquí dos horas, el tiempo de espera va aumentando, no me han llamado y no sé si ir a otro hospital o qué. No, no, este es el mejor, aquí no podemos hacer nada, decía aquella chica con cara de circunstancias, como si ese comentario le resbalara, que le resbalaba...
Salimos a desenfriarnos un poco y empecé a indignarme y a poner la oreja en las conversaciones, tanto las de los enfermos allí presentes, como las de celadores, vigilantes, enfermeros y enfermeras que se apostaban en la entrada a fumarse un cigarrillo y a comentar la jugada mientras sus cuerpos intentaban entrar en calor.
Ahí empecé a averiguar que había gente que llevaba más de 6 y 7 horas esperando a que les atendieran...madre mía!!!! pero esto que es!!!! Unos hablaban por lo bajinis, pero otros no se cortaban ni un pelo, qué poca elegancia tienen estos joder! porque allí lo mismo comentaban la jugada del finde como la recogida de la prostituta que se habían encontrado tirada en la carretera, como las reclamaciones que habían recibido los últimos dias...los más discretos se iban a fumar más lejos.
Tres horas, cuatro horas, allí estaba yo y toda esa gente, casi la misma que cuando entré. Claro, como no podia salir corriendo me tenia que aguantar...de vez en cuando sonaba el altavoz....perico de los palotes, última llamada. Jajajaja, por decir algo, esto es como cuando estás a punto de perder el avión, dije yo así, en alto, ultima llamada!!! a perico de los palotes ya se le había pasado el dolor y se había largado cagando leches!
Perdona, le dije al celador, es que veo que a la gente le ponen una pulserita que les identifica y yo no llevo ninguna, a ver si es que no estoy en la lista...Eso he pensado yo hace un momento, me dice él echándose la mano a la barbilla, igual es que se les ha acabado la tinta de la impresora...manda güebos! desde luego, tecnologia punta y se les acaba la tinta...en fin, respiré hondo y miré mi pie, el pobre, que ya estaba hecho polvo.
Tengo que hacer el cuento largo, perdonad, pero es que a mi juicio, la cosa no tenía desperdicio, y me saltaré cosas porque las casi 6 horas que pasé allí fueron la pera limonera. Podria hacerlo por partes, pero entiendo que a la que más le reconforta esto es a mí, que con explicaros la historia me desahogo un poco, y como ahora tengo tiempo de pensar, de sudar, de escribir...
Al cabo de casi 4 horas me llaman: José Fraile?, ala, ya me habían cambiado el nombre, Maria José Fraile, dijo mi marido secamente, ah perdone, bueno por lo menos ya la han llamado, eso, eso, dije yo, por lo menos ya estoy dentro. Mientras me llevaba al box le digo, oye, esto me parece inaudito, crees que poniendo una reclamación os ayudamos? Sí señora, me dijo el celador, el pobre que al fin y al cabo es quien se come la mala ostia del personal que está allí fuera, las horas muertas esperando. Lo que no es normal, me dijo, es que solo haya dos médicos en el hospital para atender todas las urgencias. Comorrrrrrr!!!! le dije yo, sin demasiado énfasis para que me contara alguna otra cosa. Sólo dos? sí, y hoy es tranquilo, no se crea, que hay dias que me quieren agarrar del cuello los pacientes o sus familiares, tratándome de sinvergüenza o cosas peores, y claro, nosotros no tenemos la culpa. Desde luego. Por eso hay tantos seguratas en el hospital, y una advertencia bien clara de las consecuencias que tiene insultar al personal en el establecimiento. No me lo podía creer, una población que tiene censados más de 100.000 habitantes, que multiplica esto por cinco cada, cada, cada verano, que tiene un Hospital nuevísimo, modernísimo, y que parece la bomba y sólo hay 2 médicos en urgencias!
Entro y empiezan a pasar los minutos, allí no pasaba nadie. Si es que muchos de los boxes estaban vacíos!!! vaya mierda! estaba a punto de llorar, de la impotencia más que del dolor, en la silla de ruedas, helada como un cubito y desesperada. Por fin!!! llega una médica, la verdad es que algo cansada parecía la mujer. Me atiende así muy por encima, me pregunta si soy alérgica a algún medicamento, le digo que sí, no puedo tomar antiinflamatorios tipo ibuprofeno porque tengo una dolencia crónica de intestinos, vale, pero hay otras cosas, me dice, ah, qué bien, pienso yo, qué te ha pasado?, te duele?, ya, me dice que me van a llevar a hacer unas radiografias, vaya, por fin...a ver qué ha pasado dentro de mi pie. Pasan más minutos, nada, hasta que de pronto viene una enfermera y me pasea por dentro del hospital hasta rayos. Qué bonito y que nuevo este hospital no? le digo yo, esperanzada en salir de allí en un rato. Sí, dice ella. Todo super automático, los box cuentan con una mesita, ordenador para cada paciente, pero si estaban vacíos la mayoria!!!pensé yo. En fin, cuatro radiografias y un buen rato más de espera en el box. Allí se me acercó una mujer, que parecía salida de una fiesta, toda mona, con cara de vaya mierda, con tacones rojos y bolso a conjunto, desesperada igual que yo porque a su hijo lo tenian allí desde la misma hora que había llegado yo. Yo no tenia ni ganas de hablar ni ganas de naaaaa, queria saber qué se veía en las radiografias y qué iba a pasar con mi pie, antes de las 8 de la mañana si podía ser. Salgo al pasillo, en la silla, para hacer bulto y al cabo de 20 minutos aparece al fondo del pasillo la médica, ¿es que no te han dejado en el box? sí, contesto yo, pero estoy harta de esperar y aquí no viene nadie. Es que hay personas más graves en el hospital...cómorrrrrrr, a mí que me perdonen, pero no las llegué a ver, y no quiero dudar y ser mala y pensar que no las hubiera, pero me pareció una frase hecha para amortiguar el mal rollo y que te pongas a despotricar.
Tienes un esguince de grado 2 - 3, le da unas instrucciones a la enfermera, se va, la enfermera va a empezar a escayolarme la planta del pie y yo me cago en tóooo, pero es que me lo cas a escayolar entero? no, solo por detrás para que quede inmobilizado, pero primero te tengo que pinchar heparina, pero solo una vez? no durante diez dias. La doctora no me ha dicho nada, bueno voy a preguntarle. Si, sí durante diez dias. Con el miedo que me dan las agujas!!! Me escayolan, me vendan y mientras tanto la médica se asoma al box varias veces y le va dando órdenes verbales a la enfermera para otros pacientes...me lo podrías dejar por escrito? pregunta ella, dónde? en un papel, es que se me va a olvidar..., no me extraña, a ver si al final me va a poner la via a mí, y le va a escayolar la pierna al que venia con la cara llena de sangre y un ojo vendado...es que la impresora no va, bueno, me lo pones en las cartulinas de fuera. Vaya tela!!! la enfermera parecía tranquila pero yo creo que solo queria guardar las apariencias. Ya voy acabando, aunque podria seguir con la historia y acabaría siendo más larga que lo que llevo escrito de mi novela, jajajaja, por reirme un poco.
Me traen el informe, no las radiografias, y me dice que tengo que pedir hora en unos dias al traumatólogo, le repito todo lo que me indica para que me quede bien claro. Ya me voy!!!
Total, en el informe dice las 5:07, pero yo creo que ya eran las 6 de la mañana. LOS MOTIVOS DE LA URGENCIA: PROBLEMAS EN LAS EXTREMIDADES-DOLOR MODERADO!!!!! pero si tengo cuatro extremidades! cual de ellas era? ah! se siente!
DIAGNÓSTICO: EDEMA Y TUMEFACCIÓN TOBILLO IZQUIERDO Y EDEMA Y DOLOR. ESGUINCE GRADO 2-3. NO SE OBSERBAN LÍNEAS DE FRACTURA.
TRATAMIENTO: ENTRE OTRAS COSAS UN MEDICAMENTO CUYO PRINCIPIO ACTIVO ES EL IBUPROFENO. Tócate los güebs!!! ya no se acordaba que no puedo tomar. Cómo se iba a acordar la mujer, si yo creo que ya hacía horas que debía de estar durmiendo, como yo!
Todo esto escrito muy deprisa, mal escrito pero a aquellas alturas era lo de menos.
Puse una reclamación y aquel momento ya no tenia ánimos para nada. Llegando a casa me dió un poco de llorera, a tomar por...las vacaciones pensé, a ver, a ver si esto se arregla antes de volver.
Aquel dia vimos amanecer, fartons en mano y leche con cola-cao, desde nuestra terraza mirando al mar.
Desde aquel dia estoy hecha polvo a ratos, dependiendo de otros para casi todo, torpe, paseando en silla de ruedas cuando salimos e intentando no pensar demasiado en las consecuencias de aquel saltito que dí en maldita la hora. Eso sí, mi marido me lleva en coscoletas todos el tramo de escaleras que hay hasta el coche, que no es poco, y como peso como una pluma....pobrecillo.
Todo quedará en el recuerdo pasado un tiempo, igual que mi experiencia en un hospital de primera, que cuenta con unos recursos de tercera regional, como mucho. Una pena, con lo majo que lo han dejao!.

Pepafraile Agosto 2010

10 ago. 2010

LAS SIETE VERDADES DE ELENA

Las Siete Verdades de Elena


CAPÍTULO 1
Verdaderamente nunca llegaron a gustarle aquellas cuatro paredes.
Elena, que tantas veces había pensado que aquel podía haber sido el trabajo de su vida, se disponía, el 29 de julio de 2003, martes, a las cuatro de la tarde, cuando el sol se hallaba en plenitud de su fuerza y entraba por la ventana de su despacho en el centro de Barcelona, en plena Gran Vía, a cruzar hacia otra dimensión, dejando tras de sí el rastro de un reguero de polvo que acababa detrás de la puerta y comenzaba justamente en su cabeza.
Había cerrado aquella puerta con los dientes apretados muchos días cuando, Jacinto, su jefe, había tenido un mal día, mejor dicho, quizá una mala noche, y se había dedicado a perseguirla por las escaleras, hasta el séptimo piso, sin parar de pedirle informes, contrastes de opinión, contratos y otros documentos que el día anterior, supuestamente más relajado, y ante la posibilidad de una velada prometedora, le habían parecido prescindibles y de poca prioridad.
Una ojeada a su alrededor, antes del último suspiro ahogado en el que ordenar y controlar toda la angustia contenida en aquel momento y en el que recoger una parte de los recuerdos que dejaría allí, para siempre.
Las llaves de la pequeña caja fuerte que se hallaba justo detrás de la silla, la grapadora , el bloc de notas a medio usar, junto al teléfono, los últimos pedidos de fábrica que todavía no habían sido gestionados por compras y que habían quedado enganchados con el postt-it de colores junto al organigrama de planificación. El ordenador portátil que ella misma había elegido y que tantas veces había utilizado en casa, sentada en el sofá al lado de Enrique, su último ligue, para consultar las últimas novedades en compra/venta de barcos de segunda mano. Porque Enrique era un apasionado del mar. Solía ser reacia a llevar sus conquistas a casa, pero ésta había sido tan pesado que al final la había convencido. Ella tenía claro que aquella relación no iba a llegar muy lejos. Ya tenía su carné de patrón de embarcación de recreo de más de 12 metros de eslora, con la cual podía interpretar mapas y rutas, y dos pequeños aretes en su oreja derecha en honor a la tradición corsaria, aunque él no había navegado a países exóticos ni había peligrado en ninguna travesía.
Había leído que, entre los siglos XVIII y XIX en que comerciantes y navegantes viajaban en busca de fortuna a través de sus embarcaciones, las travesías conllevaban riesgos de tormentas, nevadas y escollos que convertían aquellos viajes, en muchas ocasiones, en auténticas pruebas de supervivencia. Tanto es así que muchos de los navegantes no llegaban a puerto. Los naufragios eran algo corriente y la mejor muestra de éxito de piratas, corsarios, marineros y navegantes era colocarse un aro en una de sus orejas para que todo el mundo conociera sus hazañas. Otras tradiciones explicaban que todo navegante que encontrara el cadáver de un hombre de mar podía quedarse con el aro de oro que llevaba sólo si le daba sepultura cristiana.
Enrique no había encontrado ningún muerto, ni en la mar ni fuera, ni siquiera había corrido ningún peligro en sus travesías que, como mucho, lo habían llevado hasta las Canarias, pero le encantaban sus aretes en la oreja derecha. Le parecía que le daban un aire más interesante. Era delgado, alto, un poco desgarbilado pero tenia la complexión justa y una mirada profunda que conjuntaba con un gesto de media sonrisa que gustaba mucho a las mujeres. Y Elena lo cazó, pero solo para jugar con él, igual que el gato juega con su presa un rato antes de matarla. Y ni siquiera se la come. Elena se había convertido en gato desde hacía mucho tiempo, silenciosa y arisca con todos aquellos que se querían acercar demasiado. Enrique era un apasionado el mar y también un poco idiota, un consentido hijo de papá que solo le sirvió a Elena para darle esquinazo a Jacinto.
Lo único que no había podido resistir llevarse en la pequeña caja que había preparado para sus objetos personales, su calendario y sus fotografías, había sido aquel pisapapeles que habían logrado conseguir para ella en el último viaje a Praga que hizo Jacinto, en el que quiso cerrar tratos comerciales con la empresa VZDUCH VÝCHODNÍ CORPORATION, que quería decir Aires del Este. Era precioso, tallado en cristal de bohemia y estallaba en un sinfín de colores si lo acercabas a la luz y se movía en sentido giratorio. Aquello le recordaba tiempos pasados, tiempos mejores. Tenía forma de huevo, con una pequeña base debajo que le permitía mantener una posición estable. En el centro había una mancha con algunas formas que no se podían ver si no te acercabas hasta tocar con la nariz el pisapapeles. Era una gota de agua que había quedado atrapada por el tiempo en forma de fósil.

Ése seria el único recuerdo que la transportaría de nuevo a la empresa donde había trabajado casi diecisiete años. Había llegado muy joven, muy sola, sin estudios acabados, pero la suerte le sonrió, el que iba a ser su jefe también y consiguió un contrato eventual como auxiliar administrativa que se convirtió en un contrato indefinido, cosa que le permitió obtener unos ingresos estables y tiempo suficiente para reemprender sus estudios de derecho en aquella nueva ciudad que la había acogido sin preguntar. De sus graves problemas al principio, su padre sólo conoció una ínfima parte, la que correspondía a sus dificultades de adaptación a una ciudad en la que se empezaba a consolidar una lengua co-oficial y que ella no tardó en aprender. La asignación que Miguel siguió ingresándole en una cuenta bancaria le salvó la vida durante muchos meses.
Mientras llegaba a casa en su coche las escenas se agolpaban en su memoria en forma de película. Conducía casi por inercia, sin concentración alguna en los gestos que llevaba haciendo tanto tiempo de vuelta del trabajo. Aparcó en el mismo sitio de siempre, salió del coche danto un portazo sin levantar la mirada del suelo.
Subió a pie las escaleras que la llevaban al segundo piso, a su piso. Siempre esperaba el ascensor pero ese día le podían, la rabia, el cansancio, el calor y la sensación de perdida, así que puso el pie en el primer escalón y empezó a caminar subiendo con desgana cada uno de aquellos peldaños que le parecían nuevos.
Dos golpes de vuelta a las llaves, por fin podía relajarse. Dejó el bolso tirado en el sofá y se deshizo de las llaves del coche dejándolas caer sobre la mesita que tenia junto al teléfono. Rodaron y cayeron al suelo pero Elena no se molestó en recogerlas. A nadie le iba a importar si estaban allí o en otra parte.
Se descalzó, se quitó los pantalones y se dejó caer desplomada en el sillón, mirando hacia el televisor. Pulsó el botón rojo del teléfono que parpadeaba indicando que había mensajes. Era Flora, una amiga de toda la vida que había vuelto a romper con su pareja, si a aquello se le podía llamar pareja, y que siempre buscaba consuelo en Elena, sobre todo porque ésta no la juzgaba, no hacía demasiados comentarios y además no le llevaba nunca la contraria. Elena, derrotada de cansancio por dentro y por fuera, se acurrucó con el cojín que tenía justo en su lado derecho y pensó en llamar a Flora para contarle lo sucedido. - Ni se lo imagina - pensó. En esta ocasión y casi como precedente, haré que Flora se sienta un poquito menos desgraciada.
Flora era una persona con nervio y afable, siempre dispuesta a ayudar a los demás, pero en el fondo la atraía una necesidad incontrolada, no confesada pero sutil, de saber las miserias de la gente que la rodeaba. Era muy cotilla, aunque se negaba a reconocerlo. Su interés por preguntar se debía más a una necesidad de sospechar, que alimentaba a diario y que pensaba que la hacía más interesante, que a la simple curiosidad de saber las cosas. Eso la hacía a ella menos infeliz. Volvía a estar sola después de haberse divorciado y haber encontrado aquel novio, un poco excéntrico, al que lo que más le gustaba era coleccionar plumas de pájaros.
Flora tenia 38 años. En su primer matrimonio ya había sufrido bastante. Su marido, un potentado de las finanzas, la agasajaba con abrigos de pieles, joyas y viajes de lujo. En fin, siempre había sido la envidia del grupo. La trataba como a una reina, pero Flora no quería ser una reina. Lo que verdaderamente anhelaba Flora era ser una madre. Parecía la mujer más fértil del mundo. Sus curvas, sus pechos, su melena larga y espesa, su salud desbordante, y su energía, la convertían en la candidata perfecta. Sin embargo, todo parecía desvanecerse en su gesto cada vez que se oía alguna noticia de algún embarazo en otras conocidas. Nunca se quejó al respecto, al menos delante del grupo de mujeres con las que a veces se reunían ella y Elena, antiguas conocidas que no aportaban valor añadido pero que ayudaban a matar el aburrimiento. La mayoría evitaban entrar en aquella conversación que subliminalmente estaba en el ambiente pero que no se manifestaba abiertamente. En petit comité se rumoreaban ciertas cosas.
- No lo acabo de entender, comentaba Luisa.
Era la mayor del grupo y pertenecía a una asociación de mujeres progresistas. Nunca se había casado pero había decidido con dieciocho años tener su primer hijo. Ya tenía dos, uno de cada padre. Luisa decidió ser madre soltera y lo había conseguido.
- Llevan casi seis años casados, les sobra el dinero, entran, salen y viajan. Podrían contratar una chacha cuando tuvieran un bebé. Al paso que van se les pasará la edad.
- ¿La edad de qué?, preguntó Marta, aterrizando en aquel momento.
- Pues de qué va a ser mujer, ¡que pareces tonta!, de parir, ¡hombre, que ya no es una niña precisamente!
- - Parecen muy enamorados, dijo Marta en un suspiro y mirando hacia el techo, como imaginándoselos en una de tantas escenas con las que Fernando deleitaba a Elena y a sus amigas, mostrando el gran envoltorio en el que traía un nuevo regalo. - ¡Qué envidia me dan!
- Sí, sí, pero con miraditas, abriguitos y lo demás no se hacen los niños.
- ¿Qué quieres decir?
- Nada, nada. A mí hay algo que no me encaja en este puzzle. Nunca me ha gustado ese hombre. Me parece un falso. De los que se ríen con sonrisa de dentífrico, para que todo el mundo pueda comprobar que se ha blanqueado los dientes, y justo está pensando lo contrario de lo que te dice.
- Eso es que le tienes manía, o que te parece que está tan bueno y que no te lo podrás tirar, que te da una rabia que te mueres. Luisa, confiésalo, te lo llevarías a la cama si pudieras.
- Si hombre, ¡lo que me faltaba! Con las dos fieras que tengo en casa, y lo coneja que soy, no por todo el oro del mundo me iría con un hombre que no me diera seguridad.
- Pero, ¡seguridad de qué!- Dijo Marta cada vez más sorprendida.
- Pues de que no me pueda dejar embarazada. De que sea un sacarino.
- ¿Un qué?
La cara de Marta ya parecía un poema, no dejaba de mirar a Luisa y cada respuesta de su amiga le parecía más sorprendente que la anterior.
Marta era un poco beata y las conversaciones de hombres le daban una risa nerviosa que la delataban. Todas pensaban que a sus 30 años todavía era virgen, pero nadie se había atrevido hasta el momento a preguntárselo de forma directa.
- Jajajajajaja, las carcajadas de Luisa podían llegar a cualquier punto del entorno de cien metros.
- Un hombre sacarino es aquel que endulza y no engorda. Jajajajaja- Mi querida Marta, que parece que has nacido debajo de una col.
- Bueno, bueno, las hay que nacieron sabiendo, comentaba Carolina, saliendo al paso y en defensa de Marta, que ya empezaba a sentirse incómoda.
Aquellos momentos eran casi los únicos en los que Elena hacía vida social, y con mucho gusto se hubiera quedado al margen si no fuera porque Flora la obligaba a asistir.

Elena marcó el teléfono de Flora. Mientras sus dedos se dirigían de forma refleja hacia el número de su amiga, que tantas veces habían pulsado. Por su cabeza pasaban algunas de las situaciones vividas en aquel día. Por su frente empezaban a aparecer las primeras gotas de sudor. Al entrar no se había acordado de activar el aire acondicionado. Por un momento pensó colgar y dirigirse al mueble auxiliar para coger el mando del aparato. Justo en ese momento se oyó una voz al otro lado.
- ¿diga?
- ¿Flora?
- ¡Elena, qué alegría oírte! ¿Cómo estás?
- Bien, bien.
No sabía por dónde empezar. Se le agolpaban las palabras en la cabeza. Todas ellas se habían quedado atrapadas de pronto en su garganta. Carraspeó en varias ocasiones y trató de tragar saliva y concentrarse en lo que quería decir para dejar paso a su voz. En esos segundos que pasaron antes de que Elena se dispusiera a hablar, se oyó al otro lado del teléfono…
- Pero Elena, ¿me llamas desde casa? ¿Es que estás enferma? ¿Tus vacaciones no empezaban en Agosto?
- No, no, nada de eso. Bueno sí, te llamo desde casa. Te llamo porque he vuelto temprano del trabajo. Bueno, el caso es que…- tragó saliva otra vez- ya no volveré…al trabajo. Hoy ha sido mi último día.
- Pero qué me dices. ¡Qué cabrones que son esos jefes tuyos! Después de tanto tiempo, pero ¿qué ha pasado? Cuéntame. Bueno, mejor nos vemos un rato, ¿no te parece?
A Elena se le sumaban las frases de Flora y la verdad, no tenía ganas de ver a nadie en ese momento.
- Mejor nos vemos mañana, si quieres para desayunar. A las 10 en el Cotrobo.
- De acuerdo, pero si necesitas algo llámame. ¿Vale?
- Muy bien. Un beso y que descanses.
Todavía con el teléfono en la mano encendió el aire acondicionado, se acercó al mueble bar situado al lado del televisor, se preparó una copa, cogió el mando a distancia, se acercó a la cara otro cojín y se acomodó en el sofá dispuesta a disfrutar de una tarde de zapping. Fue paseándose por todos los canales de televisión, novelas, concursos, anuncios, Realty Shows… por un instante no descartó verse en alguna ocasión, si pagaban bien, contando su historia a través de la pequeña pantalla. - qué pena, toda esa gente pensando que son tan exclusivos. Si imaginaran por un momento la cantidad de personas que hay con vidas parecidas a las suyas se sentirían doblemente ridículos. Eso mismo pensarán los productores. No creo que paguen tanto, incluso puede que ni siquiera paguen. Ellos no saben que los llaman bichos, carnaza, porque forman parte de un circo en el que, como pasa con los leones, cada vez que hacen bien sus piruetas, les echan un trozo de carne para que la devoren, en lugar de devorar al domador-.
Elena era en ese momento la espectadora de un circo de programas sin sentido, cuando se quedó dormida dudando acerca de la vida de aquella pobre gente que no hacía otra cosa que mostrar delante de una cámara que eran capaces de vender su alma al diablo, a cambio de un instante de fama.
Tuvo un sueño ligero. En él hizo realidad un viejo deseo, casi olvidado, de acudir a unos grandes almacenes, a la hora a la que van algunas amas de casa privilegiadas.

La mañana se presentó más clara. Elena se giró dando media vuelta en el sofá. Se incorporó, se frotó los ojos, se rascó el pelo de forma convulsiva, y sintió que le crujían todos los huesos de la espalda. Ni había cenado ni se había ido a la cama.
Se dispuso a preparar una buena ducha. Eran las ocho de la mañana y había quedado con Flora a las diez. No sabía muy bien por dónde iba a empezar. Sabía que no iba a ser fácil si quería ser sincera del todo.
Habían quedado en la cafetería “Cotrobo”, como siempre que querían refugiarse en alguna conversación en la que nadie las molestara, a Flora sobretodo, que era más que conocida en aquel barrio que ni siguiera era el suyo. Siempre iban a última hora de la tarde.
Allí nadie las conocía, sólo el camarero, y su mirada era tan ajena y tan distante que aunque las hubiera visto pasar con ropa interior, mostrando la lencería más exuberante del momento por delante de su cara, no se habría dado ni cuenta de que eran clientas habituales.
Elena se preparó, igual que siempre, a pesar de que esa mañana iba a ser distinta. Cogió su bolso, cerró la puerta y comenzó a bajar las escaleras en dirección al punto de encuentro.
Saliendo del portal, despistada, pensando qué iba a ser de su vida a partir de ese momento, no se dio cuenta de que, en la acera de enfrente alguien la observaba, torpe pero disimuladamente, desde un escaparate. Se perfilaba la silueta de un hombre girado de espaldas que la seguía con la mirada a través del cristal de lo que era una tienda de moda femenina. Parecía muy interesado en el género expuesto y no se dio media vuelta hasta que Elena dobló calle arriba. Su mirada era triste, perdida en el tiempo, en aquel tiempo que recordaba y que ya había dejado escapar para siempre.
A ver si de una vez por todas lo consigo...mejor dicho...lo conseguiré

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